sábado, 22 de enero de 2011
lunes, 17 de enero de 2011
FRAGMENTO LITERARIO: NOTAS EN UN DIARIO Un detective privado
http://www.elpais.com/articulo/portada/detective/privado/elpepuculbab/20110115elpbabpor_65/Tes?print=1
RICARDO PIGLIA 15/01/2011
El argentino Ricardo Piglia, uno de los escritores más prestigiosos del panorama actual, empieza una colaboración mensual en Babelia con fragmentos de sus míticos diarios. Páginas hasta ahora inéditas que recogen encuentros luminosos, reflexiones y experiencias. Profesor en la Universidad de Princeton, es autor de Plata quemada y Blanco nocturno
Lunes
Paso la noche internado en el Hospital de Princeton. Mientras espero el diagnóstico, sentado en la sala de guardia, veo entrar a un hombre que apenas puede moverse. Alto, ojos claros, saco negro de corderoy, camisa blanca, corbata pajarita. Le piden los datos pero él vacila, está muy desorientado, dice que no puede firmar. Es un ex alcohólico que ha tenido una recaída; pasó dos días deambulando por los bares de Trenton. Antes de derivarlo a la clínica de rehabilitación tienen que desintoxicarlo. Al rato llega su hijo, va al mostrador, completa unos formularios. El hombre al principio no lo reconoce pero por fin se levanta, le apoya a su hijo la mano en el hombro y le habla en voz baja desde muy cerca. El muchacho lo escucha como si estuviera ofendido. En la dispersión de los lenguajes típico de estos lugares, un enfermero puertorriqueño le explica a un camillero negro que el hombre ha perdido sus anteojos y no puede ver. "The old man has lost his espejuelos", dice "and he can't see anything". La extraviada palabra española brilla como una luz en la noche.
Miércoles
Me dijo que había estado preso por estafa y me contó que su padre era vareador en el Hipódromo y que había tenido mala suerte en las carreras. A los dos días apareció de nuevo y volvió a presentarse como si nunca me hubiera visto. Sufre una imperfección indefinida que le afecta el sentido de realidad. Está perdido en un movimiento continuo que lo obliga a pensar para detener la confusión. Pensar no es recordar, se puede pensar aunque se haya perdido la memoria. (Lo vengo sabiendo por mí desde hace años: sólo recuerdo lo que está escrito en el Diario). Sin embargo, no olvida el lenguaje. Lo que necesita saber lo encuentra en la web. El conocimiento ya no pertenece a su vida. Un nuevo tipo de novela sería entonces posible, "Necesitamos un lenguaje para nuestra ignorancia", decía Gombrowicz. Ese podría ser el epígrafe.
Domingo
Por fin conozco a un detective privado. Ralph Anderson, Ace Agency. Kathy lo contrató para encontrar a su madre que la abandonó cuando tenía seis años. Ralph la localizó en Atlanta, Georgia. Se había cambiado el nombre, vivía en el centro de la ciudad, trabajaba en una revista de modas. Kathy no se animó a ir a ver a su madre, pero se hizo amiga del detective. Muchos de sus clientes buscan a sus parientes perdidos y luego no se deciden a encontrarlos. Ralph vive en un departamento cerca de Washington Square. Abajo, al entrar en el edificio, control en la puerta, detector de metales, cámaras. Ralph nos está esperando al salir del ascensor. Debe tener treinta años, anteojos oscuros, cara de zorro. Vive en un ambiente de techos altos, casi vacío, con ventanales sobre la ciudad. Tiene cuatro computadoras puestas en círculo sobre un amplio escritorio, siempre encendidas, con archivos abiertos y varios sites activados. "Ya no hace falta salir a la calle", dice. "Lo que se busca, está ahí". Fuma un joint tras otro, toma ginger ale, vive solo. Investiga la muerte de tres soldados negros de un batallón de infantería apostado en Irak, con mayoría de oficiales y suboficiales texanos. Una agrupación de familiares de soldados afroamericanos lo ha contratado para investigar. Está seguro de que han sido asesinados. Si lo logra probar, irán a tribunales. Nos muestra las fotos de los jóvenes soldados, los tres miran la cámara de frente, sin sonreír. Luego, vamos a cenar a un restaurant chino.
Jueves
Curiosamente nadie parece haber reparado en que no fue T. W. Adorno el primero en establecer una relación entre el futuro de la literatura y los campos de exterminio nazis. En 1948 Brecht, en sus Conversaciones con los jóvenes intelectuales, ya había planteado el problema. "Los acontecimientos en Auschwitz, en el ghetto de Varsovia y en Buchenwald no admiten indudablemente descripción alguna en forma literaria. En efecto, la literatura no está preparada para semejantes acontecimientos, no ha desarrollado medio alguno para ellos". Luego Adorno se refirió al mismo asunto en su ensayo de 1955 La crítica de la cultura y la sociedad, donde escribe con su habitual tono admonitorio: "La crítica cultural se encuentra frente al último escalón de la dialéctica entre cultura y barbarie: después de lo que pasó en el campo de Auschwitz es un hecho de barbarie escribir un poema, y este hecho corroe incluso el conocimiento que señala por qué se ha hecho hoy imposible escribir poesía". Brecht no acepta por supuesto esa condena de la poesía, sólo se refiere a las dificultades técnicas que plantean las relaciones entre historia y literatura. Unos años antes, en su Diario de trabajo, el 16 de septiembre de 1940, había escrito: "Sería increíblemente difícil expresar el estado de ánimo con que sigo la batalla de Inglaterra en la radio y con que luego me pongo a escribir Puntila. Este fenómeno demuestra por qué no se detiene la producción literaria, a pesar de guerras como ésta. Puntila casi no significa nada para mí, la guerra lo significa todo; sobre Puntila puedo escribir casi cualquier cosa, sobre la guerra nada. Y no quiero decir que no escribir, sino que realmente . Es interesante observar cómo la literatura, en tanto práctica, está alejada de los centros en los que se desarrollan los acontecimientos de los cuales depende todo". La tesis de Adorno encontró rápida difusión entre los críticos culturales siempre dispuestos a aceptar la metafísica del silencio y los límites del lenguaje. Brecht en cambio, con astucia y sin ilusiones, siguiendo la experiencia de los perseguidos y de los malvivientes, nunca se preguntó si era lícito lo que estaba haciendo, sólo le interesaba saber si era posible.
Lunes
Ante la proliferación de libros encontrados entre los papeles -en los archivos de la computadora- de famosos autores muertos (Bolaño, Cabrera Infante, Nabokov, etcétera) un grupo de escritores ha decidido ganarse la vida escribiendo novelas póstumas. Luego de varias reuniones decidieron escribir la novela póstuma de Samuel Beckett, Morán, una continuación de la trilogía. Junto con el manuscrito deben inventar la forma en que el libro ha sido encontrado. Beckett le llevó la novela a su psicoanalista Winnicott quien le aconsejó que no la publicara. Aliviado, Beckett bajó precipitadamente las escaleras y olvidó el manuscrito. Años después, un joven investigador de la Universidad de California en Irving descubrió la novela en el archivo no clasificado de Winnicott. Negocian directamente con los herederos y, luego de acordar el anticipo, entregan el libro, etcétera.
Sábado
Todos los días veo al viejo que sale de la casa y camina despacio por la nieve hasta el borde de la laguna. La bruma de su respiración es como una niebla en el aire transparente. Hemos conversado varias veces al cruzarnos en el camino de entrada, ha enseñado física aquí en Princeton en los años cincuenta y ahora está retirado, vive solo, su mujer murió el año pasado, no tiene hijos, se llama Karl Unger y es un exiliado alemán. Cuando llegan los patos salvajes se oye primero un ruido tenue, como si alguien sacudiera en el cielo una tela mojada. Casi inmediatamente se empiezan a oír los graznidos y se los ve venir volando en fila india y después formando una V sobre el fondo del bosque. Dan dos vueltas sobre la laguna hasta que se lanzan hacia el agua congelada y cuando se zambullen patinan con las alas abiertas y el cuello contra el hielo. Vuelven caminando torpemente, resbalan y algunos se quedan quietos con las patas como huesos muertos en la escarcha. Viven en el presente puro y cada mañana se sorprenden al chocar contra el hielo. Han perdido el sentido de la orientación. Buscan las aguas templadas del lago donde tendrían que empezar la migración hacia las tierras cálidas. Cuando veo al viejo profesor salir al jardín y atravesar la nieve y llegar hasta la laguna para alimentar a los patos salvajes que se están muriendo de frío, sé que empieza otro día que será igual al anterior.
martes, 11 de enero de 2011
ÁNGEL GONZÁLEZ
Nadie recuerda un invierno tan frío como este.
Las calles de la ciudad son láminas de hielo.
Las ramas de los árboles están envueltas en fundas de hielo.
Las estrellas tan altas son destellos de hielo.
Helado está también mi corazón,
Pero no fue en invierno.
Mi amiga,
Mi dulce amiga,
Aquella que me amaba,
Me dice que ha dejado de quererme.
No recuerdo un invierno tan frío como este.
Las calles de la ciudad son láminas de hielo.
Las ramas de los árboles están envueltas en fundas de hielo.
Las estrellas tan altas son destellos de hielo.
Helado está también mi corazón,
Pero no fue en invierno.
Mi amiga,
Mi dulce amiga,
Aquella que me amaba,
Me dice que ha dejado de quererme.
No recuerdo un invierno tan frío como este.
Llega el invierno. Espléndido dictado
me dan las lentas hojas
vestidas de silencio y amarillo.
Soy un libro de nieve,
una espaciosa mano, una pradera,
un círculo que espera,
pertenezco a la tierra y a su invierno.
Creció el rumor del mundo en el follaje,
ardió después el trigo constelado
por flores rojas como quemaduras,
luego llegó el otoño a establecer
la escritura del vino:
todo pasó, fue cielo pasajero
la copa del estío,
y se apagó la nube navegante.
Yo esperé en el balcón tan enlutado,
como ayer con las yedras de mi infancia,
que la tierra extendiera
sus alas en mi amor deshabitado.
Yo supe que la rosa caería
y el hueso del durazno transitorio
volvería a dormir y a germinar:
y me embriagué con la copa del aire
hasta que todo el mar se hizo nocturno
y el arrebol se convirtió en ceniza.
La tierra vive ahora
tranquilizando su interrogatorio,
extendida la piel de su silencio.
Yo vuelvo a ser ahora
el taciturno que llegó de lejos
envuelto en lluvia fría y en campanas:
debo a la muerte pura de la tierra
la voluntad de mis germinaciones.
Pablo Neruda
martes, 5 de octubre de 2010
EL MAGO DE OZ
http://www.imaginaria.com.ar/?p=6104
Iniciamos la publicación de El Mago de Oz, de L. Frank Baum, con las ilustraciones de su primera edición, de William Wallace Denslow, y traducción de Marcial Souto. La entrega será de dos capítulos por edición de Imaginaria. Esperamos que todos disfruten de este clásico tanto como los niños. Incluimos una presentación por Marcela Carranza.
Cartel publicitario de El maravilloso Mago de Oz dibujado por William Wallace Denslow
Presentación
por Marcela Carranza
Publicado por primera vez en 1900, El Mago de Oz cumplió 110 años de existencia. Como sucede con muchos clásicos, lo que una gran mayoría de la gente conoce no es el texto escrito por su autor sino sus adaptaciones, especialmente las cinematográficas. Y no se trata aquí de rechazar este tipo de adaptaciones, el mismo Frank Baum se ocupó de fomentarlas y llevarlas a cabo, sino de dar cuenta de una situación. Si decimos “Pinocho” o “La Sirenita”, una amplia mayoría de adultos y de niños piensa en el simpático niño regordete o en la jovencita de rojiza cabellera de Walt Disney, o en el libro de poco texto y dibujos al estilo de los estudios ya mencionados. Es como si hubiera un vacío, algo que nos falta en una realidad donde los libros se producen y se descatalogan en forma masiva y vertiginosa. Cuando hablamos de los clásicos, entonces, no está nada mal el tomar relativa conciencia de que, en reglas generales, de ellos sabemos muy poco, y quizás nos perdemos lo mejor.
En el caso de El Mago de Oz, personalmente, conocí primero la bellísima película de la Metro-Goldwyn-Mayer protagonizada por Judy Garland (todo un clásico también) y debo reconocer que desconocía totalmente que Frank Baum llegó a escribir una serie de catorce libros del país de Oz. De los cuales tuve la fortuna de conseguir sólo cuatro.
Ilustración de W.W. Denslow para El Mago de Oz
El Espantapájaros que ambiciona un cerebro, el Leñador de Hojalata en busca de un corazón y el León Cobarde junto a la valerosa Dorothy son personajes sumamente ingeniosos, divertidos y poéticos. Paradojas, contradicciones, aventuras y humor inteligente recorren las páginas vividas por estos entrañables personajes. El Mago de Oz rompe con cualquier prejuicio acerca de la posible vejez de un texto escrito hace 110 años. Los niños del siglo XXI pueden leerlo y disfrutarlo plenamente. Y si no me creen, hagan la prueba.
Pero claro, para hacer la prueba primero hay que tener el texto a disposición, y es por esta razón que en Imaginaria decidimos, como ya lo hicimos con Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi, publicar la traducción de El Mago de Oz realizada por Marcial Souto; quien generosamente nos autorizó a hacerlo.
Nuestro deseo es que docentes, padres, y otros mediadores, puedan a través de Imaginaria acceder a El Mago de Oz de L. Frank Baum con las ilustraciones de su primera edición, las de William Wallace Denslow. La entrega será de dos capítulos por número de la revista y esperamos que disfruten de este clásico tanto como los niños.
Ilustración de W.W. Denslow para El Mago de Oz
El Mago de Oz
Por L. Frank Baum
Ilustraciones de William Wallace Denslow
Título original: The Wonderful Wizard of Oz
Traducción de Marcial Souto
© Marcial Souto, 2002, 2010
A mi buena amiga y camarada, mi mujer.
Introducción
El folclore, las leyendas, los mitos y los cuentos de hadas han acompañado la infancia a lo largo de los siglos, pues todo niño sano siente una edificante e instintiva atracción por las historias fantásticas, maravillosas y manifiestamente irreales. Las hadas aladas de Grimm y de Andersen han llevado más felicidad a los corazones infantiles que todas las demás creaciones humanas.
Sin embargo, el viejo cuento de hadas, que ha servido durante generaciones, podría ahora ser clasificado de “histórico” dentro de la biblioteca infantil, pues ha llegado la hora de una nueva serie de “cuentos de maravillas” donde ya no aparezcan los estereotipados genios, enanos y hadas, con todas las horripilantes peripecias inventadas por los autores para transformar cada relato en una espantosa moraleja. La educación moderna incluye la moral; por lo tanto, el niño moderno sólo busca entretenimiento en sus cuentos de maravillas y renuncia de buena gana a todos los detalles desagradables.
Con esa idea en mente, la historia del “maravilloso Mago de Oz” ha sido escrita sólo para dar placer a los niños de hoy. Aspira a ser un cuento de hadas modernizado, que conserva las maravillas y la alegría y prescinde de las angustias y las pesadillas.
L. Frank Baum
Chicago, abril de 1900
—000—
Capítulo 1
El ciclón
Dorothy vivía en medio de las grandes praderas de Kansas con tío Henry, que era granjero, y con tía Em, que era la mujer del granjero. Su casa era pequeña porque para construirla habían tenido que transportar la madera en una carreta desde una distancia de muchos kilómetros. Había cuatro paredes, un piso y un techo, que completaban una habitación; y en esa habitación había una oxidada cocina de hierro, una alacena para los platos, una mesa, tres o cuatro sillas y las camas. Tío Henry y tía Em tenían una grande en un rincón, y Dorothy tenía una pequeña en otro rincón. No había buhardilla ni sótano, sólo un agujero cavado en el suelo, llamado “el sótano de los ciclones”, donde podría refugiarse la familia si se levantara uno de esos potentes remolinos que se llevan las casas a su paso. Se entraba al agujero –un agujero pequeño y oscuro– por una trampa situada en el centro del piso, de la que descendía una escalera.
Cuando Dorothy salía a la puerta y miraba alrededor no veía otra cosa que la inmensa pradera gris. No había un solo árbol o casa que alterase la ancha llanura que se extendía hasta el borde del cielo en cualquier dirección. El sol había calcinado la tierra arada, que era ahora una masa gris surcada por pequeñas grietas. Ni siquiera la hierba era verde, pues el sol había quemado las puntas de las largas briznas hasta dejarlas del mismo color que todo lo demás. En otra época la casa había estado pintada, pero el sol y la lluvia se habían llevado esa pintura y ahora era tan deslucida y gris como el resto de la llanura.
Cuando tía Em fue a vivir a ese sitio era una mujer joven y bonita. A ella también la habían cambiado el viento y el sol. Le habían arrebatado el brillo de los ojos, que ahora eran de un gris apagado; le habían arrebatado el color de las mejillas y los labios, que también eran grises. Ahora era una mujer delgada que no sonreía nunca. Cuando Dorothy, que era huérfana, fue a vivir con ellos, tía Em se sobresaltaba tanto cada vez que llegaba a sus oídos la risa alegre de la niña que lanzaba un grito y se llevaba una mano al corazón; y todavía se maravillaba de que la niña encontrase cosas de que reírse.
Tío Henry no se reía nunca. Trabajaba duro de sol a sol y no conocía la alegría. Él también era gris, desde la larga barba hasta las toscas botas; tenía expresión severa y solemne y casi nunca hablaba.
Quien hacía reír a Dorothy y la salvaba de volverse tan gris como todos los que la rodeaban era Totó. Totó no era gris; era un perrito negro, de pelo largo y sedoso y pequeños ojos negros que centelleaban con alegría a ambos lados de la divertida y diminuta nariz. Totó jugaba todo el tiempo, y Dorothy jugaba con él y lo quería con pasión.
Pero ese día no jugaban. Tío Henry estaba sentado en el escalón de la puerta y miraba preocupado hacia el cielo, que era aún más gris que de costumbre. En la puerta, con Totó en brazos, Dorothy también miraba el cielo. Tía Em lavaba los platos.
Desde el lejano norte llegaba el gemido sordo del viento, y tío Henry y Dorothy veían cómo las largas hierbas se inclinaban en oleadas anunciando la llegada de la tormenta. De pronto el aire trajo un silbido agudo desde el sur y, al volverse, vieron que la hierba también se rizaba por ese lado.
Tío Henry se levantó.
—Em, viene un ciclón —dijo a su mujer—; voy a ocuparme del ganado.
Después corrió hacia los cobertizos donde tenían las vacas y los caballos.
Tía Em dejó lo que estaba haciendo y fue hasta la puerta. Le bastó con mirar una sola vez el cielo para darse cuenta del peligro que se acercaba.
—¡Rápido, Dorothy! —gritó—. ¡Corre al sótano!
Totó saltó de los brazos de Dorothy y se escondió debajo de la cama, y la niña corrió detrás de él. Tía Em, muy asustada, abrió la trampa del suelo y bajó por la escalera al agujero pequeño y oscuro. Dorothy logró por fin atrapar a Totó, y empezó a caminar hacia donde había ido su tía. Al llegar al centro del cuarto hubo un fuerte ruido y la casa se sacudió con tanta fuerza que Dorothy perdió el equilibrio y cayó sentada en el suelo.
Entonces ocurrió algo extraño.
La casa giró dos o tres veces sobre sí misma y se elevó lentamente en el aire. Dorothy se sintió como si anduviera en globo.
Los vientos del norte y del sur chocaban en el sitio donde estaba la casa, haciendo de ella el centro exacto del ciclón. En el centro de un ciclón el aire está por lo general en calma, pero la inmensa presión del viento sobre cada una de las paredes de la casa la fue alzando cada vez más hasta llevarla a la misma cima del ciclón; y allí siguió mientras era arrastrada kilómetros y kilómetros, como quien lleva una pluma.
Estaba muy oscuro, y el viento lanzaba unos aullidos horribles, pero Dorothy se sentía bastante cómoda. Después de los primeros remolinos, y del momento en que la casa se inclinó peligrosamente hacia un lado, sintió que la mecían con suavidad, como a un bebé en la cuna.
A Totó no le gustaba. Corría de un lado a otro en el cuarto, ladrando con fuerza; pero Dorothy estaba sentada en el suelo, muy quieta, esperando a ver qué pasaba.
En un momento Totó se acercó demasiado a la trampa abierta y cayó por ella. Al principio la niña pensó que lo había perdido, pero pronto vio que una de las orejas asomaba por el agujero, pues la presión del aire era tan fuerte que no lo dejaba caer. Dorothy gateó hasta el agujero, sujetó a Totó por la oreja y lo arrastró de vuelta a la habitación; luego cerró la trampa para que no hubiera más accidentes.
Pasaron las horas y poco a poco Dorothy fue perdiendo el miedo. Pero se sentía muy sola, y el viento aullaba a su alrededor con tanta fuerza que casi la ensordecía. Al principio había pensado que, cuando cayera la casa, ella se haría pedazos, pero como pasaban las horas y no sucedía nada terrible, dejó de preocuparse y decidió esperar con calma a ver qué le deparaba el futuro. Por fin se arrastró sobre el suelo movedizo, subió a la cama y se tendió en ella; y Totó la siguió y se tendió a su lado.
A pesar de que la casa se movía y de que el viento rugía, Dorothy cerró los ojos y se quedó profundamente dormida.
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Capítulo 2
La reunión con los munchkins
La despertó un golpe tan fuerte que, si no hubiera estado acostada en la cama blanda, se podría haber lastimado. Dorothy contuvo la respiración y se preguntó qué había pasado. Totó le apoyó en la cara la pequeña y fría nariz y gimió, asustado. Dorothy se incorporó y notó que la casa no se movía; tampoco estaba oscuro, pues el sol entraba por la ventana, inundando la pequeña habitación. Se levantó de un salto y, con Totó pegado a los talones, corrió a abrir la puerta.
La niña lanzó un grito de asombro y miró alrededor. Los ojos se le agrandaron al ver aquellas maravillosas imágenes.
El ciclón había depositado la casa con mucha suavidad —para un ciclón— en el centro de un país de asombrosa belleza. Por todas partes había exquisitos retazos de césped verde, con majestuosos árboles cargados de apetitosos frutos. Había magníficos canteros de flores y pájaros de extraño y vistoso plumaje que cantaban y aleteaban en los árboles y en los matorrales. Un poco más lejos corría un arroyo entre el verde, murmurando con una voz muy agradable para una niña que había vivido tanto tiempo entre secas y grises praderas.
Mientras miraba asombrada el sorprendente y hermoso paisaje, notó que se le acercaba un grupo de personas, las personas más extrañas que había visto en su vida. No eran tan grandes como las personas mayores que estaba acostumbrada a tratar, pero tampoco eran muy pequeñas. En realidad aparentaban el tamaño de Dorothy, que era una niña crecida para su edad, aunque por su aspecto tenían muchos más años que ella.
Eran tres hombres y una mujer, y todos iban vestidos de un modo raro. Llevaban sombreros redondos que terminaban en una punta afilada, treinta centímetros por encima de la cabeza, y de los bordes de esos sombreros colgaban unos cascabeles pequeños que, con cada movimiento, producían un dulce tintineo. Los sombreros de los hombres eran azules; el sombrero de la mujercita era blanco. Ella llevaba, además, un vestido blanco que le caía en pliegues desde los hombros; ese vestido estaba salpicado de pequeñas estrellas que centelleaban al sol como diamantes. Los hombres estaban vestidos de azul en el mismo tono de los sombreros, y llevaban botas muy bien lustradas con rayas azules en las puntas. Los hombres, pensó Dorothy, debían de ser de la edad de tío Henry, pues dos de ellos lucían barba. Pero la mujercita era sin duda mucho más vieja: tenía el rostro cubierto de arrugas, y su pelo era casi blanco y caminaba con cierta rigidez.
Al llegar cerca de la casa en cuya puerta esperaba Dorothy, esas personas se detuvieron e intercambiaron unos susurros, como si temieran seguir avanzando. Pero la viejecita caminó hasta donde estaba Dorothy y se inclinó con una profunda reverencia.
—Bienvenida, noble Hechicera —dijo con voz dulce—, al País de los Munchkins. Te agradecemos mucho que hayas matado a la Bruja Mala del Este, y que hayas liberado a nuestro pueblo.
Dorothy escuchó esas palabras con sorpresa. ¿A qué se referiría esa mujercita al llamarla hechicera y decirle que había matado a la Bruja Mala del Este? Dorothy era una niña inocente e inofensiva, a quien un ciclón había llevado muy lejos; y nunca, en toda su vida, había matado una mosca.
Pero era evidente que la mujercita esperaba una respuesta.
—Eres muy amable —dijo Dorothy con voz vacilante—, pero debe de haber algún error. Yo no he matado nada.
—Bueno, lo hizo tu casa —respondió la viejecita con una carcajada—, y en el fondo es lo mismo. ¡Mira! —dijo, señalando la esquina de la casa—; allí están los dos pies, asomando todavía por debajo del tronco.
Dorothy miró y lanzó un pequeño grito de terror. Efectivamente, por debajo de la madera que sostenía el peso de la casa, asomaban dos pies enfundados en zapatos de plata terminados en punta.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! —gritó Dorothy, apretándose las manos, aterrada—, la casa debe de haberle caído encima. ¿Qué podemos hacer?
—Nada podemos hacer —dijo la mujercita con voz calma.
—Pero ¿quién era? —preguntó Dorothy.
—Era la Bruja Mala del Este, como ya dije —respondió la viejecita—. Ha tenido a todos los munchkins en cautiverio durante muchos años, haciendo que la sirvieran como esclavos día y noche. Ahora todos son libres y te están agradecidos por el favor.
—¿Quiénes son los munchkins? —inquirió Dorothy.
—Es la gente que vive en esta tierra del Este, donde reinaba la Bruja Mala.
—¿Tú eres una munchkin? —preguntó Dorothy.
—No, pero soy amiga de ellos, aunque vivo en la tierra del Norte. Cuando vieron que la Bruja del Este estaba muerta, los munchkins me enviaron un veloz mensajero, y yo acudí enseguida. Soy la Bruja del Norte.
—¿De veras? —exclamó Dorothy—. ¿Eres una bruja de verdad?
—Claro que sí —le respondió la mujercita—. Pero soy una bruja buena, y la gente me quiere. No soy tan poderosa como la Bruja Mala que reinaba aquí; de lo contrario, yo misma habría liberado a este pueblo.
—Pero yo pensaba que todas las brujas eran malas —dijo la niña, que se sentía un poco asustada ante una bruja de verdad.
—Ah, no; eso es un gran error. Hay sólo cuatro brujas en todo el País de Oz, y dos de ellas, las que viven en el Norte y en el Sur, son brujas buenas. Sé que es verdad, porque yo soy una de ellas y no me puedo equivocar. Las que vivían en el Este y el Oeste eran verdaderamente malas, pero ahora que has matado a una, sólo queda una Bruja Mala en todo el País de Oz: la que vive en el Oeste.
—Pero —dijo Dorothy, después de pensarlo un momento—, tía Em me ha dicho que todas las brujas murieron… hace muchos, muchos años.
—¿Quién es tía Em? —quiso saber la viejecita.
—Es mi tía, que vive en Kansas, el sitio de donde he venido.
La Bruja del Norte hizo como si pensara un momento, la cabeza ladeada y mirando el suelo. Luego alzó la mirada y dijo:
—No sé dónde está Kansas, porque nunca he oído hablar de ese país. Dime, ¿es un país civilizado?
—Claro que sí —respondió Dorothy.
—Eso lo explica todo. Tengo entendido que no quedan brujas en los países civilizados; ni magos ni hechiceros. Pero el País de Oz nunca ha sido civilizado, pues estamos aislados del resto del mundo. Por lo tanto hay todavía entre nosotros brujas y magos.
—¿Quiénes son los magos? —preguntó Dorothy.
—El propio Oz es el Gran Mago —respondió la Bruja en un susurro—. Es más poderoso que todos los demás juntos. Vive en la Ciudad Esmeralda.
Dorothy iba a hacer otra pregunta, pero en ese instante los munchkins, que habían permanecido callados, lanzaron un potente grito y señalaron la esquina de la casa que había aplastado a la Bruja Mala.
—¿Qué pasa? —preguntó la viejecita. Miró hacia la casa y se echó a reír. Los pies de la Bruja muerta habían desaparecido por completo, y sólo quedaban los zapatos de plata.
—Era tan vieja —explicó la Bruja del Norte— que se secó rápidamente al sol. Ya no queda nada. Pero los zapatos son tuyos y podrás usarlos.
Se inclinó y recogió los zapatos, y después de sacudirlos para sacarles el polvo se los entregó a Dorothy.
—La Bruja del Este estaba orgullosa de esos zapatos de plata —dijo uno de los munchkins—, y hay en ellos un cierto poder mágico, aunque nunca supimos en qué consistía.
Dorothy llevó los zapatos dentro de la casa y los puso sobre la mesa. Luego volvió afuera, junto a los munchkins, y dijo:
—Estoy ansiosa por regresar junto a mi tía y a mi tío, porque seguramente se estarán preocupando. ¿Me podéis ayudar a encontrar el camino a Kansas?
Los munchkins y la Bruja se miraron primero unos a otros, y después a Dorothy y finalmente sacudieron la cabeza.
—Al este, no lejos de aquí —dijo uno—, hay un gran desierto, y nadie alcanzaría a cruzarlo.
—Lo mismo ocurre al sur —dijo otro—, pues yo he estado allí y lo he visto. El sur es el País de los Quadlings.
—Me han dicho —intervino el tercer hombre— que lo mismo pasa en el oeste. Y ese país, donde viven los winkies, está gobernado por la Bruja Mala del Oeste, que te convertiría en su esclava si pasaras por su tierra.
—El norte es mi hogar —dijo la vieja—, y en su extremo aparece el mismo gran desierto que rodea este País de Oz. Mucho me temo, querida, que tendrás que vivir con nosotros.
Dorothy comenzó a sollozar; se sentía muy sola entre todas esas personas extrañas. Sus lágrimas parecieron ablandar también a los bonachones munchkins, que enseguida sacaron los pañuelos y rompieron a llorar. La viejecita, en cambio, se quitó el gorro y apoyó el pico en la punta de la nariz, haciendo equilibrio, mientras cantaba “uno, dos, tres” con voz solemne. De pronto el gorro se transformó en una pizarra, en la que se leía, escrito con tiza en grandes caracteres:
“QUE DOROTHY VAYA A LA CIUDAD ESMERALDA”
La viejecita sacó la pizarra de la nariz y, después de leer las palabras escritas, preguntó:
—¿Te llamas Dorothy, querida?
—Sí —respondió la niña, alzando la mirada y secándose las lágrimas.
—Entonces debes ir a la Ciudad Esmeralda. Oz quizá pueda ayudarte.
—¿Dónde queda esa ciudad? —preguntó Dorothy.
—Está exactamente en el centro del país, y la gobierna Oz, el Gran Mago del que te he hablado.
—¿Es un hombre bueno? —quiso saber la niña, angustiada.
—Es un buen mago. No puedo decirte si es o no un hombre, pues nunca lo he visto.
—¿Cómo puedo llegar a ese sitio? —preguntó Dorothy.
—Debes caminar. Es un largo viaje, por un país a veces agradable y a veces oscuro y terrible. Sin embargo, yo usaré todas las artes mágicas que conozco para que nada te haga daño.
—¿No irás conmigo? —suplicó la niña, que había empezado a ver en la Bruja su única amiga.
—No, no lo puedo hacer —respondió la vieja—; pero te daré mi beso, y nadie lastimará a una persona que ha sido besada por la Bruja del Norte.
Se acercó a Dorothy y la besó con suavidad en la frente. Donde la tocaron los labios —Dorothy lo descubrió más tarde— quedó una marca redonda y brillante.
—El camino a la Ciudad Esmeralda está pavimentado con ladrillos amarillos —dijo la Bruja—, así que no podrás confundirte. Cuando llegues ante Oz, no temas, cuéntale tu historia y pídele ayuda. Adiós, querida.
Los tres munchkins le hicieron una profunda reverencia y le desearon un agradable viaje; luego se alejaron entre los árboles. La Bruja se despidió de Dorothy con una amistosa inclinación de cabeza, giró tres veces sobre el tacón izquierdo e instantáneamente desapareció, ante la sorpresa del pequeño Totó, que al no verla más se puso a ladrar con fuerza; en su presencia ni siquiera se había atrevido a gruñir.
Pero Dorothy, al saber que era una bruja, había esperado que desapareciera de ese modo, y no se sorprendió.
Iniciamos la publicación de El Mago de Oz, de L. Frank Baum, con las ilustraciones de su primera edición, de William Wallace Denslow, y traducción de Marcial Souto. La entrega será de dos capítulos por edición de Imaginaria. Esperamos que todos disfruten de este clásico tanto como los niños. Incluimos una presentación por Marcela Carranza.
Cartel publicitario de El maravilloso Mago de Oz dibujado por William Wallace Denslow
Presentación
por Marcela Carranza
Publicado por primera vez en 1900, El Mago de Oz cumplió 110 años de existencia. Como sucede con muchos clásicos, lo que una gran mayoría de la gente conoce no es el texto escrito por su autor sino sus adaptaciones, especialmente las cinematográficas. Y no se trata aquí de rechazar este tipo de adaptaciones, el mismo Frank Baum se ocupó de fomentarlas y llevarlas a cabo, sino de dar cuenta de una situación. Si decimos “Pinocho” o “La Sirenita”, una amplia mayoría de adultos y de niños piensa en el simpático niño regordete o en la jovencita de rojiza cabellera de Walt Disney, o en el libro de poco texto y dibujos al estilo de los estudios ya mencionados. Es como si hubiera un vacío, algo que nos falta en una realidad donde los libros se producen y se descatalogan en forma masiva y vertiginosa. Cuando hablamos de los clásicos, entonces, no está nada mal el tomar relativa conciencia de que, en reglas generales, de ellos sabemos muy poco, y quizás nos perdemos lo mejor.
En el caso de El Mago de Oz, personalmente, conocí primero la bellísima película de la Metro-Goldwyn-Mayer protagonizada por Judy Garland (todo un clásico también) y debo reconocer que desconocía totalmente que Frank Baum llegó a escribir una serie de catorce libros del país de Oz. De los cuales tuve la fortuna de conseguir sólo cuatro.
Ilustración de W.W. Denslow para El Mago de Oz
El Espantapájaros que ambiciona un cerebro, el Leñador de Hojalata en busca de un corazón y el León Cobarde junto a la valerosa Dorothy son personajes sumamente ingeniosos, divertidos y poéticos. Paradojas, contradicciones, aventuras y humor inteligente recorren las páginas vividas por estos entrañables personajes. El Mago de Oz rompe con cualquier prejuicio acerca de la posible vejez de un texto escrito hace 110 años. Los niños del siglo XXI pueden leerlo y disfrutarlo plenamente. Y si no me creen, hagan la prueba.
Pero claro, para hacer la prueba primero hay que tener el texto a disposición, y es por esta razón que en Imaginaria decidimos, como ya lo hicimos con Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi, publicar la traducción de El Mago de Oz realizada por Marcial Souto; quien generosamente nos autorizó a hacerlo.
Nuestro deseo es que docentes, padres, y otros mediadores, puedan a través de Imaginaria acceder a El Mago de Oz de L. Frank Baum con las ilustraciones de su primera edición, las de William Wallace Denslow. La entrega será de dos capítulos por número de la revista y esperamos que disfruten de este clásico tanto como los niños.
Ilustración de W.W. Denslow para El Mago de Oz
El Mago de Oz
Por L. Frank Baum
Ilustraciones de William Wallace Denslow
Título original: The Wonderful Wizard of Oz
Traducción de Marcial Souto
© Marcial Souto, 2002, 2010
A mi buena amiga y camarada, mi mujer.
Introducción
El folclore, las leyendas, los mitos y los cuentos de hadas han acompañado la infancia a lo largo de los siglos, pues todo niño sano siente una edificante e instintiva atracción por las historias fantásticas, maravillosas y manifiestamente irreales. Las hadas aladas de Grimm y de Andersen han llevado más felicidad a los corazones infantiles que todas las demás creaciones humanas.
Sin embargo, el viejo cuento de hadas, que ha servido durante generaciones, podría ahora ser clasificado de “histórico” dentro de la biblioteca infantil, pues ha llegado la hora de una nueva serie de “cuentos de maravillas” donde ya no aparezcan los estereotipados genios, enanos y hadas, con todas las horripilantes peripecias inventadas por los autores para transformar cada relato en una espantosa moraleja. La educación moderna incluye la moral; por lo tanto, el niño moderno sólo busca entretenimiento en sus cuentos de maravillas y renuncia de buena gana a todos los detalles desagradables.
Con esa idea en mente, la historia del “maravilloso Mago de Oz” ha sido escrita sólo para dar placer a los niños de hoy. Aspira a ser un cuento de hadas modernizado, que conserva las maravillas y la alegría y prescinde de las angustias y las pesadillas.
L. Frank Baum
Chicago, abril de 1900
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Capítulo 1
El ciclón
Dorothy vivía en medio de las grandes praderas de Kansas con tío Henry, que era granjero, y con tía Em, que era la mujer del granjero. Su casa era pequeña porque para construirla habían tenido que transportar la madera en una carreta desde una distancia de muchos kilómetros. Había cuatro paredes, un piso y un techo, que completaban una habitación; y en esa habitación había una oxidada cocina de hierro, una alacena para los platos, una mesa, tres o cuatro sillas y las camas. Tío Henry y tía Em tenían una grande en un rincón, y Dorothy tenía una pequeña en otro rincón. No había buhardilla ni sótano, sólo un agujero cavado en el suelo, llamado “el sótano de los ciclones”, donde podría refugiarse la familia si se levantara uno de esos potentes remolinos que se llevan las casas a su paso. Se entraba al agujero –un agujero pequeño y oscuro– por una trampa situada en el centro del piso, de la que descendía una escalera.
Cuando Dorothy salía a la puerta y miraba alrededor no veía otra cosa que la inmensa pradera gris. No había un solo árbol o casa que alterase la ancha llanura que se extendía hasta el borde del cielo en cualquier dirección. El sol había calcinado la tierra arada, que era ahora una masa gris surcada por pequeñas grietas. Ni siquiera la hierba era verde, pues el sol había quemado las puntas de las largas briznas hasta dejarlas del mismo color que todo lo demás. En otra época la casa había estado pintada, pero el sol y la lluvia se habían llevado esa pintura y ahora era tan deslucida y gris como el resto de la llanura.
Cuando tía Em fue a vivir a ese sitio era una mujer joven y bonita. A ella también la habían cambiado el viento y el sol. Le habían arrebatado el brillo de los ojos, que ahora eran de un gris apagado; le habían arrebatado el color de las mejillas y los labios, que también eran grises. Ahora era una mujer delgada que no sonreía nunca. Cuando Dorothy, que era huérfana, fue a vivir con ellos, tía Em se sobresaltaba tanto cada vez que llegaba a sus oídos la risa alegre de la niña que lanzaba un grito y se llevaba una mano al corazón; y todavía se maravillaba de que la niña encontrase cosas de que reírse.
Tío Henry no se reía nunca. Trabajaba duro de sol a sol y no conocía la alegría. Él también era gris, desde la larga barba hasta las toscas botas; tenía expresión severa y solemne y casi nunca hablaba.
Quien hacía reír a Dorothy y la salvaba de volverse tan gris como todos los que la rodeaban era Totó. Totó no era gris; era un perrito negro, de pelo largo y sedoso y pequeños ojos negros que centelleaban con alegría a ambos lados de la divertida y diminuta nariz. Totó jugaba todo el tiempo, y Dorothy jugaba con él y lo quería con pasión.
Pero ese día no jugaban. Tío Henry estaba sentado en el escalón de la puerta y miraba preocupado hacia el cielo, que era aún más gris que de costumbre. En la puerta, con Totó en brazos, Dorothy también miraba el cielo. Tía Em lavaba los platos.
Desde el lejano norte llegaba el gemido sordo del viento, y tío Henry y Dorothy veían cómo las largas hierbas se inclinaban en oleadas anunciando la llegada de la tormenta. De pronto el aire trajo un silbido agudo desde el sur y, al volverse, vieron que la hierba también se rizaba por ese lado.
Tío Henry se levantó.
—Em, viene un ciclón —dijo a su mujer—; voy a ocuparme del ganado.
Después corrió hacia los cobertizos donde tenían las vacas y los caballos.
Tía Em dejó lo que estaba haciendo y fue hasta la puerta. Le bastó con mirar una sola vez el cielo para darse cuenta del peligro que se acercaba.
—¡Rápido, Dorothy! —gritó—. ¡Corre al sótano!
Totó saltó de los brazos de Dorothy y se escondió debajo de la cama, y la niña corrió detrás de él. Tía Em, muy asustada, abrió la trampa del suelo y bajó por la escalera al agujero pequeño y oscuro. Dorothy logró por fin atrapar a Totó, y empezó a caminar hacia donde había ido su tía. Al llegar al centro del cuarto hubo un fuerte ruido y la casa se sacudió con tanta fuerza que Dorothy perdió el equilibrio y cayó sentada en el suelo.
Entonces ocurrió algo extraño.
La casa giró dos o tres veces sobre sí misma y se elevó lentamente en el aire. Dorothy se sintió como si anduviera en globo.
Los vientos del norte y del sur chocaban en el sitio donde estaba la casa, haciendo de ella el centro exacto del ciclón. En el centro de un ciclón el aire está por lo general en calma, pero la inmensa presión del viento sobre cada una de las paredes de la casa la fue alzando cada vez más hasta llevarla a la misma cima del ciclón; y allí siguió mientras era arrastrada kilómetros y kilómetros, como quien lleva una pluma.
Estaba muy oscuro, y el viento lanzaba unos aullidos horribles, pero Dorothy se sentía bastante cómoda. Después de los primeros remolinos, y del momento en que la casa se inclinó peligrosamente hacia un lado, sintió que la mecían con suavidad, como a un bebé en la cuna.
A Totó no le gustaba. Corría de un lado a otro en el cuarto, ladrando con fuerza; pero Dorothy estaba sentada en el suelo, muy quieta, esperando a ver qué pasaba.
En un momento Totó se acercó demasiado a la trampa abierta y cayó por ella. Al principio la niña pensó que lo había perdido, pero pronto vio que una de las orejas asomaba por el agujero, pues la presión del aire era tan fuerte que no lo dejaba caer. Dorothy gateó hasta el agujero, sujetó a Totó por la oreja y lo arrastró de vuelta a la habitación; luego cerró la trampa para que no hubiera más accidentes.
Pasaron las horas y poco a poco Dorothy fue perdiendo el miedo. Pero se sentía muy sola, y el viento aullaba a su alrededor con tanta fuerza que casi la ensordecía. Al principio había pensado que, cuando cayera la casa, ella se haría pedazos, pero como pasaban las horas y no sucedía nada terrible, dejó de preocuparse y decidió esperar con calma a ver qué le deparaba el futuro. Por fin se arrastró sobre el suelo movedizo, subió a la cama y se tendió en ella; y Totó la siguió y se tendió a su lado.
A pesar de que la casa se movía y de que el viento rugía, Dorothy cerró los ojos y se quedó profundamente dormida.
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Capítulo 2
La reunión con los munchkins
La despertó un golpe tan fuerte que, si no hubiera estado acostada en la cama blanda, se podría haber lastimado. Dorothy contuvo la respiración y se preguntó qué había pasado. Totó le apoyó en la cara la pequeña y fría nariz y gimió, asustado. Dorothy se incorporó y notó que la casa no se movía; tampoco estaba oscuro, pues el sol entraba por la ventana, inundando la pequeña habitación. Se levantó de un salto y, con Totó pegado a los talones, corrió a abrir la puerta.
La niña lanzó un grito de asombro y miró alrededor. Los ojos se le agrandaron al ver aquellas maravillosas imágenes.
El ciclón había depositado la casa con mucha suavidad —para un ciclón— en el centro de un país de asombrosa belleza. Por todas partes había exquisitos retazos de césped verde, con majestuosos árboles cargados de apetitosos frutos. Había magníficos canteros de flores y pájaros de extraño y vistoso plumaje que cantaban y aleteaban en los árboles y en los matorrales. Un poco más lejos corría un arroyo entre el verde, murmurando con una voz muy agradable para una niña que había vivido tanto tiempo entre secas y grises praderas.
Mientras miraba asombrada el sorprendente y hermoso paisaje, notó que se le acercaba un grupo de personas, las personas más extrañas que había visto en su vida. No eran tan grandes como las personas mayores que estaba acostumbrada a tratar, pero tampoco eran muy pequeñas. En realidad aparentaban el tamaño de Dorothy, que era una niña crecida para su edad, aunque por su aspecto tenían muchos más años que ella.
Eran tres hombres y una mujer, y todos iban vestidos de un modo raro. Llevaban sombreros redondos que terminaban en una punta afilada, treinta centímetros por encima de la cabeza, y de los bordes de esos sombreros colgaban unos cascabeles pequeños que, con cada movimiento, producían un dulce tintineo. Los sombreros de los hombres eran azules; el sombrero de la mujercita era blanco. Ella llevaba, además, un vestido blanco que le caía en pliegues desde los hombros; ese vestido estaba salpicado de pequeñas estrellas que centelleaban al sol como diamantes. Los hombres estaban vestidos de azul en el mismo tono de los sombreros, y llevaban botas muy bien lustradas con rayas azules en las puntas. Los hombres, pensó Dorothy, debían de ser de la edad de tío Henry, pues dos de ellos lucían barba. Pero la mujercita era sin duda mucho más vieja: tenía el rostro cubierto de arrugas, y su pelo era casi blanco y caminaba con cierta rigidez.
Al llegar cerca de la casa en cuya puerta esperaba Dorothy, esas personas se detuvieron e intercambiaron unos susurros, como si temieran seguir avanzando. Pero la viejecita caminó hasta donde estaba Dorothy y se inclinó con una profunda reverencia.
—Bienvenida, noble Hechicera —dijo con voz dulce—, al País de los Munchkins. Te agradecemos mucho que hayas matado a la Bruja Mala del Este, y que hayas liberado a nuestro pueblo.
Dorothy escuchó esas palabras con sorpresa. ¿A qué se referiría esa mujercita al llamarla hechicera y decirle que había matado a la Bruja Mala del Este? Dorothy era una niña inocente e inofensiva, a quien un ciclón había llevado muy lejos; y nunca, en toda su vida, había matado una mosca.
Pero era evidente que la mujercita esperaba una respuesta.
—Eres muy amable —dijo Dorothy con voz vacilante—, pero debe de haber algún error. Yo no he matado nada.
—Bueno, lo hizo tu casa —respondió la viejecita con una carcajada—, y en el fondo es lo mismo. ¡Mira! —dijo, señalando la esquina de la casa—; allí están los dos pies, asomando todavía por debajo del tronco.
Dorothy miró y lanzó un pequeño grito de terror. Efectivamente, por debajo de la madera que sostenía el peso de la casa, asomaban dos pies enfundados en zapatos de plata terminados en punta.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! —gritó Dorothy, apretándose las manos, aterrada—, la casa debe de haberle caído encima. ¿Qué podemos hacer?
—Nada podemos hacer —dijo la mujercita con voz calma.
—Pero ¿quién era? —preguntó Dorothy.
—Era la Bruja Mala del Este, como ya dije —respondió la viejecita—. Ha tenido a todos los munchkins en cautiverio durante muchos años, haciendo que la sirvieran como esclavos día y noche. Ahora todos son libres y te están agradecidos por el favor.
—¿Quiénes son los munchkins? —inquirió Dorothy.
—Es la gente que vive en esta tierra del Este, donde reinaba la Bruja Mala.
—¿Tú eres una munchkin? —preguntó Dorothy.
—No, pero soy amiga de ellos, aunque vivo en la tierra del Norte. Cuando vieron que la Bruja del Este estaba muerta, los munchkins me enviaron un veloz mensajero, y yo acudí enseguida. Soy la Bruja del Norte.
—¿De veras? —exclamó Dorothy—. ¿Eres una bruja de verdad?
—Claro que sí —le respondió la mujercita—. Pero soy una bruja buena, y la gente me quiere. No soy tan poderosa como la Bruja Mala que reinaba aquí; de lo contrario, yo misma habría liberado a este pueblo.
—Pero yo pensaba que todas las brujas eran malas —dijo la niña, que se sentía un poco asustada ante una bruja de verdad.
—Ah, no; eso es un gran error. Hay sólo cuatro brujas en todo el País de Oz, y dos de ellas, las que viven en el Norte y en el Sur, son brujas buenas. Sé que es verdad, porque yo soy una de ellas y no me puedo equivocar. Las que vivían en el Este y el Oeste eran verdaderamente malas, pero ahora que has matado a una, sólo queda una Bruja Mala en todo el País de Oz: la que vive en el Oeste.
—Pero —dijo Dorothy, después de pensarlo un momento—, tía Em me ha dicho que todas las brujas murieron… hace muchos, muchos años.
—¿Quién es tía Em? —quiso saber la viejecita.
—Es mi tía, que vive en Kansas, el sitio de donde he venido.
La Bruja del Norte hizo como si pensara un momento, la cabeza ladeada y mirando el suelo. Luego alzó la mirada y dijo:
—No sé dónde está Kansas, porque nunca he oído hablar de ese país. Dime, ¿es un país civilizado?
—Claro que sí —respondió Dorothy.
—Eso lo explica todo. Tengo entendido que no quedan brujas en los países civilizados; ni magos ni hechiceros. Pero el País de Oz nunca ha sido civilizado, pues estamos aislados del resto del mundo. Por lo tanto hay todavía entre nosotros brujas y magos.
—¿Quiénes son los magos? —preguntó Dorothy.
—El propio Oz es el Gran Mago —respondió la Bruja en un susurro—. Es más poderoso que todos los demás juntos. Vive en la Ciudad Esmeralda.
Dorothy iba a hacer otra pregunta, pero en ese instante los munchkins, que habían permanecido callados, lanzaron un potente grito y señalaron la esquina de la casa que había aplastado a la Bruja Mala.
—¿Qué pasa? —preguntó la viejecita. Miró hacia la casa y se echó a reír. Los pies de la Bruja muerta habían desaparecido por completo, y sólo quedaban los zapatos de plata.
—Era tan vieja —explicó la Bruja del Norte— que se secó rápidamente al sol. Ya no queda nada. Pero los zapatos son tuyos y podrás usarlos.
Se inclinó y recogió los zapatos, y después de sacudirlos para sacarles el polvo se los entregó a Dorothy.
—La Bruja del Este estaba orgullosa de esos zapatos de plata —dijo uno de los munchkins—, y hay en ellos un cierto poder mágico, aunque nunca supimos en qué consistía.
Dorothy llevó los zapatos dentro de la casa y los puso sobre la mesa. Luego volvió afuera, junto a los munchkins, y dijo:
—Estoy ansiosa por regresar junto a mi tía y a mi tío, porque seguramente se estarán preocupando. ¿Me podéis ayudar a encontrar el camino a Kansas?
Los munchkins y la Bruja se miraron primero unos a otros, y después a Dorothy y finalmente sacudieron la cabeza.
—Al este, no lejos de aquí —dijo uno—, hay un gran desierto, y nadie alcanzaría a cruzarlo.
—Lo mismo ocurre al sur —dijo otro—, pues yo he estado allí y lo he visto. El sur es el País de los Quadlings.
—Me han dicho —intervino el tercer hombre— que lo mismo pasa en el oeste. Y ese país, donde viven los winkies, está gobernado por la Bruja Mala del Oeste, que te convertiría en su esclava si pasaras por su tierra.
—El norte es mi hogar —dijo la vieja—, y en su extremo aparece el mismo gran desierto que rodea este País de Oz. Mucho me temo, querida, que tendrás que vivir con nosotros.
Dorothy comenzó a sollozar; se sentía muy sola entre todas esas personas extrañas. Sus lágrimas parecieron ablandar también a los bonachones munchkins, que enseguida sacaron los pañuelos y rompieron a llorar. La viejecita, en cambio, se quitó el gorro y apoyó el pico en la punta de la nariz, haciendo equilibrio, mientras cantaba “uno, dos, tres” con voz solemne. De pronto el gorro se transformó en una pizarra, en la que se leía, escrito con tiza en grandes caracteres:
“QUE DOROTHY VAYA A LA CIUDAD ESMERALDA”
La viejecita sacó la pizarra de la nariz y, después de leer las palabras escritas, preguntó:
—¿Te llamas Dorothy, querida?
—Sí —respondió la niña, alzando la mirada y secándose las lágrimas.
—Entonces debes ir a la Ciudad Esmeralda. Oz quizá pueda ayudarte.
—¿Dónde queda esa ciudad? —preguntó Dorothy.
—Está exactamente en el centro del país, y la gobierna Oz, el Gran Mago del que te he hablado.
—¿Es un hombre bueno? —quiso saber la niña, angustiada.
—Es un buen mago. No puedo decirte si es o no un hombre, pues nunca lo he visto.
—¿Cómo puedo llegar a ese sitio? —preguntó Dorothy.
—Debes caminar. Es un largo viaje, por un país a veces agradable y a veces oscuro y terrible. Sin embargo, yo usaré todas las artes mágicas que conozco para que nada te haga daño.
—¿No irás conmigo? —suplicó la niña, que había empezado a ver en la Bruja su única amiga.
—No, no lo puedo hacer —respondió la vieja—; pero te daré mi beso, y nadie lastimará a una persona que ha sido besada por la Bruja del Norte.
Se acercó a Dorothy y la besó con suavidad en la frente. Donde la tocaron los labios —Dorothy lo descubrió más tarde— quedó una marca redonda y brillante.
—El camino a la Ciudad Esmeralda está pavimentado con ladrillos amarillos —dijo la Bruja—, así que no podrás confundirte. Cuando llegues ante Oz, no temas, cuéntale tu historia y pídele ayuda. Adiós, querida.
Los tres munchkins le hicieron una profunda reverencia y le desearon un agradable viaje; luego se alejaron entre los árboles. La Bruja se despidió de Dorothy con una amistosa inclinación de cabeza, giró tres veces sobre el tacón izquierdo e instantáneamente desapareció, ante la sorpresa del pequeño Totó, que al no verla más se puso a ladrar con fuerza; en su presencia ni siquiera se había atrevido a gruñir.
Pero Dorothy, al saber que era una bruja, había esperado que desapareciera de ese modo, y no se sorprendió.
sábado, 26 de junio de 2010
ANTONIO MUÑOZ MOLINA IDA Y VUELTA Palabras venidas de tan lejos
ANTONIO MUÑOZ MOLINA 26/06/2010
De pronto he encontrado un recuerdo que no sabía que tuviera. Me he acordado de Blas de Otero, visto de lejos, en Granada, en junio de 1976, en los días tumultuosos del primer homenaje póstumo a García Lorca, Blas de Otero en una tarima a lo lejos, sobre las cabezas de los estudiantes, en la Facultad de Letras, y más lejos todavía en la gran plaza de Fuente Vaqueros, una cabeza blanca, una camisa blanca, una gran boina vasca, un perfil vasco con la barbilla adelantada. Me he acordado de pronto de Blas de Otero porque llevo toda la tarde, todo el día, muchas horas en los últimos días, leyendo un libro suyo que ha tardado más de treinta años en aparecer, que me ha llegado por dos caminos, en dos regalos casi simultáneos, y que ahora está siempre conmigo, sobre la mesa de noche y en el cuarto de trabajo, acompañándome como solo nos puede acompañar la poesía; y cuando hablo de poesía me refiero a algunos libros de versos y también a esa experiencia íntima y suprema que nos ofrecen ciertos momentos de la vida y unas cuantas invenciones del arte: una sensación de intensidad, el estremecimiento de lo verdadero y único, lo que es irrepetible y secreto y sin embargo puede formar parte de la vida de cualquiera, lo que me sucede ahora mismo únicamente a mí y a la vez ha venido siendo común -en el sentido doble de compartido y frecuente- desde que el mundo es mundo, por utilizar una de esas expresiones vulgares que le gustaban tanto a Blas de Otero, quizás porque veía en ellas la expresión más profunda, la poesía impersonal del idioma.
El libro se titula Hojas de Madrid con La galerna. Cuando Blas de Otero se murió, no mucho tiempo después de que yo lo viera de lejos, en 1979, era un libro en proyecto, una carpeta con poemas escritos a mano y corregidos a máquina, duplicados en copias de papel carbón. Blas de Otero, que tenía cuando yo lo vi esa fortaleza aparente de los hombres de buen color y abundante pelo blanco, había sentido la proximidad de la muerte en 1968, cuando volvió a Madrid desde Cuba porque le habían detectado un cáncer. El primer poema del libro, 'Cojeando un poco', trata de un hombre recién operado que se dispone a levantarse de la cama del hospital para regresar tentativamente, cojeando un poco, al mundo de los vivos. Y en casi cada uno de ellos, a lo largo de más de trescientas páginas, está la sensación de acecho y de miedo de quien se sabe ya señalado por la muerte, quien mira las cosas y sabe que seguirán existiendo cuando él haya desaparecido y sin embargo no sabe ni quiere decirles adiós, renunciar a la emoción urgente de estar vivo, a los placeres más comunes y a los más excepcionales, al gusto de pasear holgazanamente por las calles de Madrid, a la gratitud por el amor. Las hojas de Madrid son las hojas de papel en blanco sobre las que se escriben a mano o sobre las que se mecanografían los poemas, con la evanescencia sucesiva del papel carbón: y también son las Leaves of Grass de Walt Whitman, las hojas de hierba de una poesía que rompe los límites de la métrica y de la rima y se dilata en la extensión democrática del idioma común, en ritmos que tienen el vigor y la respiración de esas caminatas por la ciudad en las que todo se vuelve memorable, incluso cuando el que mira se sabe enfermo y marcado.
"Amo a Walt Whitman por sus barbas enormes / y por su hermoso verso dilatado", escribe Blas de Otero, caminante por Madrid como lo había sido Whitman por Manhattan, invocando sin decirlo al Whitman de Rubén Darío y al de Federico García Lorca. De joven había poseído uno de esos talentos que logran muy rápidamente el brillo excesivo de una técnica demasiado segura. En sus primeros libros el soneto tiene algo de artefacto implacable, agravado por una especie de cristianismo existencial que entonces debía de parecer muy profundo pero que ahora nos suena a hueco, o peor aún, a retórica fechada, con esas mayúsculas unamunianas del Hombre, Dios, etcétera. Pero es que Blas de Otero, abogado sin vocación en una fábrica de Bilbao, desertor angustiado de las lealtades de una familia burguesa, transeúnte desde muy joven por un país y un continente entero en ruinas, parece que se hubiera leído y aprendido de memoria toda la poesía escrita en español, desde los romances antiguos hasta César Vallejo y Lorca y Neruda: desde muy pronto fue encontrando una voz en la que confluían al mismo tiempo todos los materiales arrastrados por el gran río del idioma, las citas literales y las vulgaridades más espléndidas. En el mismo poema podían estar Bob Dylan y Beethoven, un romance anónimo y un estribillo de zarzuela. La poesía española, cuando se pone seria, puede hacerse antipática o indescifrable, y cuando se pone coloquial puede sonar al mismo tiempo chabacana y amanerada, falsa como una baratija: con una desenvoltura que yo he aprendido a disfrutar en la poesía americana, Blas de Otero domina sin apariencia de esfuerzo las formas muy medidas, muy controladas, y la efusión que se desborda sin ningún escrúpulo hacia lo banal y lo prosaico, casi como en los Poemas de la hora de comer de Frank O'Hara. Como en ellos, la muerte se insinúa en el espectáculo delicado y trivial de la agitación de la ciudad: "Por qué digo que estoy ya cerca de la muerte, / por qué me quedan sólo tres, cinco años de vida, /ahora que veo Madrid como la espalda luminosa de una muchacha, / y voy al cine /y deambulo por el barrio de Embajadores, / y aguardo frente a un semáforo / y siento ganas de llorar porque vuelvo a ser feliz cual en mi adolescencia /...".
Qué raro haber visto a Blas de Otero desde lejos y poder recordarlo y no haberlo leído con verdadera atención hasta ahora. Quizás no lo leí simplemente porque no estaba de moda (cree uno tener opiniones y no son más que el eco distraído de lo que se lleva): porque era poco más que la letra de unas canciones de Paco Ibáñez, en una época en la que yo me alejaba de ese tipo de música militante que me había gustado tanto, y en la que mis poetas eran casi exclusivamente Lorca y Cernuda, y también Quevedo y Góngora, en las ediciones de Castalia. Yo quería aprender a escribir novelas, pero la poesía era un amor secreto que iba y volvía, pero no me abandonaba nunca. Después leí a Borges y a Baudelaire, y más tarde el gran regalo del idioma inglés fue la poesía americana, tan limpia de toda retórica, tan habitada por el habla y a la vez por la Biblia y Shakespeare: Emily Dickinson y Whitman, Wallace Stevens y William Carlos William, Mark Strand y Denise Levertov, y Jane Kenyon, y Galway Kinnell, y Charles Simic, tantos nombres con los que llenaría esta página. Me ha hecho falta un rodeo tan largo por cada uno de ellos para llegar a Blas de Otero.
http://www.elpais.com/articulo/portada/Palabras/venidas/lejos/elpepuculbab/20100626elpbabpor_8/Tes?print=1
De pronto he encontrado un recuerdo que no sabía que tuviera. Me he acordado de Blas de Otero, visto de lejos, en Granada, en junio de 1976, en los días tumultuosos del primer homenaje póstumo a García Lorca, Blas de Otero en una tarima a lo lejos, sobre las cabezas de los estudiantes, en la Facultad de Letras, y más lejos todavía en la gran plaza de Fuente Vaqueros, una cabeza blanca, una camisa blanca, una gran boina vasca, un perfil vasco con la barbilla adelantada. Me he acordado de pronto de Blas de Otero porque llevo toda la tarde, todo el día, muchas horas en los últimos días, leyendo un libro suyo que ha tardado más de treinta años en aparecer, que me ha llegado por dos caminos, en dos regalos casi simultáneos, y que ahora está siempre conmigo, sobre la mesa de noche y en el cuarto de trabajo, acompañándome como solo nos puede acompañar la poesía; y cuando hablo de poesía me refiero a algunos libros de versos y también a esa experiencia íntima y suprema que nos ofrecen ciertos momentos de la vida y unas cuantas invenciones del arte: una sensación de intensidad, el estremecimiento de lo verdadero y único, lo que es irrepetible y secreto y sin embargo puede formar parte de la vida de cualquiera, lo que me sucede ahora mismo únicamente a mí y a la vez ha venido siendo común -en el sentido doble de compartido y frecuente- desde que el mundo es mundo, por utilizar una de esas expresiones vulgares que le gustaban tanto a Blas de Otero, quizás porque veía en ellas la expresión más profunda, la poesía impersonal del idioma.
El libro se titula Hojas de Madrid con La galerna. Cuando Blas de Otero se murió, no mucho tiempo después de que yo lo viera de lejos, en 1979, era un libro en proyecto, una carpeta con poemas escritos a mano y corregidos a máquina, duplicados en copias de papel carbón. Blas de Otero, que tenía cuando yo lo vi esa fortaleza aparente de los hombres de buen color y abundante pelo blanco, había sentido la proximidad de la muerte en 1968, cuando volvió a Madrid desde Cuba porque le habían detectado un cáncer. El primer poema del libro, 'Cojeando un poco', trata de un hombre recién operado que se dispone a levantarse de la cama del hospital para regresar tentativamente, cojeando un poco, al mundo de los vivos. Y en casi cada uno de ellos, a lo largo de más de trescientas páginas, está la sensación de acecho y de miedo de quien se sabe ya señalado por la muerte, quien mira las cosas y sabe que seguirán existiendo cuando él haya desaparecido y sin embargo no sabe ni quiere decirles adiós, renunciar a la emoción urgente de estar vivo, a los placeres más comunes y a los más excepcionales, al gusto de pasear holgazanamente por las calles de Madrid, a la gratitud por el amor. Las hojas de Madrid son las hojas de papel en blanco sobre las que se escriben a mano o sobre las que se mecanografían los poemas, con la evanescencia sucesiva del papel carbón: y también son las Leaves of Grass de Walt Whitman, las hojas de hierba de una poesía que rompe los límites de la métrica y de la rima y se dilata en la extensión democrática del idioma común, en ritmos que tienen el vigor y la respiración de esas caminatas por la ciudad en las que todo se vuelve memorable, incluso cuando el que mira se sabe enfermo y marcado.
"Amo a Walt Whitman por sus barbas enormes / y por su hermoso verso dilatado", escribe Blas de Otero, caminante por Madrid como lo había sido Whitman por Manhattan, invocando sin decirlo al Whitman de Rubén Darío y al de Federico García Lorca. De joven había poseído uno de esos talentos que logran muy rápidamente el brillo excesivo de una técnica demasiado segura. En sus primeros libros el soneto tiene algo de artefacto implacable, agravado por una especie de cristianismo existencial que entonces debía de parecer muy profundo pero que ahora nos suena a hueco, o peor aún, a retórica fechada, con esas mayúsculas unamunianas del Hombre, Dios, etcétera. Pero es que Blas de Otero, abogado sin vocación en una fábrica de Bilbao, desertor angustiado de las lealtades de una familia burguesa, transeúnte desde muy joven por un país y un continente entero en ruinas, parece que se hubiera leído y aprendido de memoria toda la poesía escrita en español, desde los romances antiguos hasta César Vallejo y Lorca y Neruda: desde muy pronto fue encontrando una voz en la que confluían al mismo tiempo todos los materiales arrastrados por el gran río del idioma, las citas literales y las vulgaridades más espléndidas. En el mismo poema podían estar Bob Dylan y Beethoven, un romance anónimo y un estribillo de zarzuela. La poesía española, cuando se pone seria, puede hacerse antipática o indescifrable, y cuando se pone coloquial puede sonar al mismo tiempo chabacana y amanerada, falsa como una baratija: con una desenvoltura que yo he aprendido a disfrutar en la poesía americana, Blas de Otero domina sin apariencia de esfuerzo las formas muy medidas, muy controladas, y la efusión que se desborda sin ningún escrúpulo hacia lo banal y lo prosaico, casi como en los Poemas de la hora de comer de Frank O'Hara. Como en ellos, la muerte se insinúa en el espectáculo delicado y trivial de la agitación de la ciudad: "Por qué digo que estoy ya cerca de la muerte, / por qué me quedan sólo tres, cinco años de vida, /ahora que veo Madrid como la espalda luminosa de una muchacha, / y voy al cine /y deambulo por el barrio de Embajadores, / y aguardo frente a un semáforo / y siento ganas de llorar porque vuelvo a ser feliz cual en mi adolescencia /...".
Qué raro haber visto a Blas de Otero desde lejos y poder recordarlo y no haberlo leído con verdadera atención hasta ahora. Quizás no lo leí simplemente porque no estaba de moda (cree uno tener opiniones y no son más que el eco distraído de lo que se lleva): porque era poco más que la letra de unas canciones de Paco Ibáñez, en una época en la que yo me alejaba de ese tipo de música militante que me había gustado tanto, y en la que mis poetas eran casi exclusivamente Lorca y Cernuda, y también Quevedo y Góngora, en las ediciones de Castalia. Yo quería aprender a escribir novelas, pero la poesía era un amor secreto que iba y volvía, pero no me abandonaba nunca. Después leí a Borges y a Baudelaire, y más tarde el gran regalo del idioma inglés fue la poesía americana, tan limpia de toda retórica, tan habitada por el habla y a la vez por la Biblia y Shakespeare: Emily Dickinson y Whitman, Wallace Stevens y William Carlos William, Mark Strand y Denise Levertov, y Jane Kenyon, y Galway Kinnell, y Charles Simic, tantos nombres con los que llenaría esta página. Me ha hecho falta un rodeo tan largo por cada uno de ellos para llegar a Blas de Otero.
http://www.elpais.com/articulo/portada/Palabras/venidas/lejos/elpepuculbab/20100626elpbabpor_8/Tes?print=1
Jaime Sabines Adán y Eva
Adán y Eva
1
Estábamos en el paraíso. En el paraíso no ocurre nunca nada. No nos conocíamos. Eva, levántate. -Tengo amor, sueño, hambre. ¿Amaneció? -Es de día, pero aún hay estrellas. El sol viene de lejos hacia nosotros y empiezan a galopar los árboles. Escucha. -Yo quiero morder tu quijada. Ven. Estoy desnuda, macerada, y huelo a ti. Adán fue hacia ella y la tomó. Y parecía que los dos se habían metido en un río muy ancho, y que jugaban con el agua hasta el cuello, y reían, mientras pequeños peces equivocados les mordían las piernas.
2
-¿Has visto cómo crecen las plantas? Al lugar en que cae la semilla acude el agua: es el agua la que germina, sube al sol. Por el tronco, por las ramas, el agua asciende al aire, como cuando te quedas viendo el cielo de¡ medio- día y tus ¿Ojos empiezan a evaporarse. Las plantas crecen de un día a otro. Es la tierra la que crece; se hace blanda, verde, flexible. El terrón enmohecido, la costra de los vicios árboles, se desprende, regresa. ¿Lo has visto? Las plantas caminan en el tiempo, no de un lugar a otro: de una hora a otra hora. Esto puedes sentirlo cuando te extiendes sobre la tierra, boca arriba, y tu pelo penetra como un manojo de raíces, y toda tú eres un tronco caído. -Yo quiero sembrar una semilla en el río, a ver si crece un árbol flotante para treparme a jugar. En su follaje se enredarían los peces, y sería un árbol de agua que iría a todas partes sin caerse nunca.
3
La noche que fue ayer fue de la magia. En la noche hay tambores, y los animales duermen con el olfato abierto como un ojo. No hay nadie en el, aire. Las hojas y las plumas se reúnen en las ramas, en el suelo, y alguien las mueve a veces, y callan. Trapos negros, voces negras, espesos y negros silencios, flotan, se arrastran, y la tierra se pone su rostro negro y hace gestos a las estrellas. Cuando pasa el miedo junto a ellos, los corazones golpean fuerte, fuerte, y los ojos advierten que las cosas se mueven eternamente en su mismo lugar. Nadie puede dar un paso en la noche. El que entra con los ojos abiertos en la espesura de la noche, se pierde, es asaltado por la sombra, y nunca se sabrá nada de él, como de aquellos que el mar ha recogido. -Eva, le dijo Adán, despacio, no nos separemos.
4
-Ayer estuve observando a los animales y me puse a pensar en ti. Las hembras son más tersas, más suaves y más dañinas. Antes de entregarse maltratan al macho, o huyen, se defienden ¿Por qué? Te he visto a ti también, como las palomas, enardeciéndote cuando yo estoy tranquilo. ¿Es que tu sangre y la mía se encienden a diferentes horas? Ahora que estás dormida debías responderme. Tu respiración es tranquila y tienes el rostro desatado y los labios abiertos. Podrías decirlo todo sin aflicción, sin risas. ¿Es que somos distintos? ¿No te hicieron, pues, de mi costado, no me dueles? Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño y me abrazas y me envuelves y te cierras como la flor con el insecto, sé algo, sabemos algo. La hembra es siempre más grande, de algún modo. Nosotros nos salvamos de la muerte. ¿Por qué? Todas las noches nos salvamos. Quedamos juntos, en nuestros brazos, y yo empiezo a crecer como el día. Algo he de andar buscando en ti, algo mío que tú eres y que no has de darme nunca.
http://amediavoz.com/sabines.htm
1
Estábamos en el paraíso. En el paraíso no ocurre nunca nada. No nos conocíamos. Eva, levántate. -Tengo amor, sueño, hambre. ¿Amaneció? -Es de día, pero aún hay estrellas. El sol viene de lejos hacia nosotros y empiezan a galopar los árboles. Escucha. -Yo quiero morder tu quijada. Ven. Estoy desnuda, macerada, y huelo a ti. Adán fue hacia ella y la tomó. Y parecía que los dos se habían metido en un río muy ancho, y que jugaban con el agua hasta el cuello, y reían, mientras pequeños peces equivocados les mordían las piernas.
2
-¿Has visto cómo crecen las plantas? Al lugar en que cae la semilla acude el agua: es el agua la que germina, sube al sol. Por el tronco, por las ramas, el agua asciende al aire, como cuando te quedas viendo el cielo de¡ medio- día y tus ¿Ojos empiezan a evaporarse. Las plantas crecen de un día a otro. Es la tierra la que crece; se hace blanda, verde, flexible. El terrón enmohecido, la costra de los vicios árboles, se desprende, regresa. ¿Lo has visto? Las plantas caminan en el tiempo, no de un lugar a otro: de una hora a otra hora. Esto puedes sentirlo cuando te extiendes sobre la tierra, boca arriba, y tu pelo penetra como un manojo de raíces, y toda tú eres un tronco caído. -Yo quiero sembrar una semilla en el río, a ver si crece un árbol flotante para treparme a jugar. En su follaje se enredarían los peces, y sería un árbol de agua que iría a todas partes sin caerse nunca.
3
La noche que fue ayer fue de la magia. En la noche hay tambores, y los animales duermen con el olfato abierto como un ojo. No hay nadie en el, aire. Las hojas y las plumas se reúnen en las ramas, en el suelo, y alguien las mueve a veces, y callan. Trapos negros, voces negras, espesos y negros silencios, flotan, se arrastran, y la tierra se pone su rostro negro y hace gestos a las estrellas. Cuando pasa el miedo junto a ellos, los corazones golpean fuerte, fuerte, y los ojos advierten que las cosas se mueven eternamente en su mismo lugar. Nadie puede dar un paso en la noche. El que entra con los ojos abiertos en la espesura de la noche, se pierde, es asaltado por la sombra, y nunca se sabrá nada de él, como de aquellos que el mar ha recogido. -Eva, le dijo Adán, despacio, no nos separemos.
4
-Ayer estuve observando a los animales y me puse a pensar en ti. Las hembras son más tersas, más suaves y más dañinas. Antes de entregarse maltratan al macho, o huyen, se defienden ¿Por qué? Te he visto a ti también, como las palomas, enardeciéndote cuando yo estoy tranquilo. ¿Es que tu sangre y la mía se encienden a diferentes horas? Ahora que estás dormida debías responderme. Tu respiración es tranquila y tienes el rostro desatado y los labios abiertos. Podrías decirlo todo sin aflicción, sin risas. ¿Es que somos distintos? ¿No te hicieron, pues, de mi costado, no me dueles? Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño y me abrazas y me envuelves y te cierras como la flor con el insecto, sé algo, sabemos algo. La hembra es siempre más grande, de algún modo. Nosotros nos salvamos de la muerte. ¿Por qué? Todas las noches nos salvamos. Quedamos juntos, en nuestros brazos, y yo empiezo a crecer como el día. Algo he de andar buscando en ti, algo mío que tú eres y que no has de darme nunca.
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