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GUSTAVO MARTÍN GARZO 21/11/2009
Conocí a Claudio Rodríguez en uno de sus viajes a Valladolid, a comienzos de los años ochenta. Jorge Guillén aún vivía y él vino a participar en un homenaje que le estaba dedicando la Universidad. Dio su conferencia en el solemne Paraninfo, y recuerdo que fue la conferencia más breve que he escuchado nunca, pues apenas habían pasado veinte minutos cuando, levantando las manos en un gesto de disculpa, Claudio Rodríguez nos dijo que eso era todo. Sin embargo, no he podido olvidar esa conferencia. Es extraño, porque sólo habló de una jarra de agua, la jarra que el bedel había puesto a su lado para que bebiera. Así explicó la poesía de Jorge Guillén. El logro de su poesía, nos dijo, era darnos a ver el mundo y celebrar la presencia de las cosas, y puedo asegurar que jamás el agua de una jarra fue más real que cuando él la sostuvo en alto mientras hablaba.
Luego un grupo de amigos y amigas le acompañamos a lo largo de la noche. Nos contó infinidad de anécdotas, sobre todo de Blas de Otero, que era un poeta al que quería fraternalmente. Recuerdo una de ellas. Blas de Otero y él coincidieron en un bar con un camarero aficionado a la poesía. Desconocía quiénes eran, y empezó a hablarles de su secreta afición. Muy pronto, los tres se turnaban en el recitado de los poetas clásicos, San Juan, Lope de Vega, Garcilaso, Quevedo... Pero, de pronto, el camarero interrumpió el flujo de los versos para decirles que en su opinión el único poeta actual que se les podía comparar era Blas de Otero. Y se puso a recitarles varios de sus poemas, que se conocía de memoria. Claudio Rodríguez, entusiasmado, iba a decirle que su admirado poeta estaba enfrente de él, pero Blas de Otero se lo impidió. Aún más, pagó la cuenta a toda prisa y le arrastró sin darle tiempo a protestar fuera del bar. "No he conocido a un poeta más vergonzoso que él", concluyó con una sonrisa triste.
Nos contó otra historia de un famoso jugador de pelota, ya mayor, que participaba en el que iba a ser su último partido contra la estrella ascendente del momento. Nadie dudaba que fuera a perder, y así fue, aunque lograra hacer algo que valía más que el partido ganado. Su rival le envió una pelota fatídica y, cuando todos la daban por perdida, el viejo jugador no sólo logró devolvérsela, sino hacerlo de una forma única, pues la pelota pareció desvanecerse al tocar el suelo sin dar opción a ser recuperada por nadie. Y Claudio Rodríguez añadió: "Como si fuera una lágrima". Ésa fue su expresión. Y recuerdo que, al repetirla, nosotros veíamos a su conjuro el vuelo de la pelota y cómo al caer se confundía con una lágrima que contenía a la vez el dolor de la despedida y el gozo del inexplicable acierto. Fue lo que Claudio Rodríguez buscó siempre al escribir sus poemas. Esas palabras que de pronto se ensimisman y ofrecen su sentido porque se van a lo más hondo. Eso era la poesía para él: una lágrima que naciendo del dolor es también el lugar misterioso del encuentro con el mundo y la vida. El vuelo de una celebración.
sábado, 10 de abril de 2010
jueves, 8 de abril de 2010
El gato con botas [Cuento. Texto completo] Charles Perrault
Un molinero dejó, como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. Habrían consumido todo el pobre patrimonio.
El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:
-Mis hermanos -decía- podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.
El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:
-No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.
Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones, le había visto dar tantas muestras de agilidad para cazar ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el muerto, que no desesperó de verse socorrido por él en su miseria.
Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas y echándose la bolsa al cuello, sujetó los cordones de ésta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde había muchos conejos. Puso afrecho y hierbas en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando los cordones, lo encerró y lo mató sin misericordia.
Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con él. Lo hicieron subir a los aposentos de Su Majestad donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:
-He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor Marqués de Carabás (era el nombre que inventó para su amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.
-Dile a tu amo, respondió el Rey, que le doy las gracias y que me agrada mucho.
En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco abierto; y cuando en él entraron dos perdices, tiró los cordones y las cazó a ambas. Fue en seguida a ofrendarlas al Rey, tal como había hecho con el conejo de campo. El Rey recibió también con agrado las dos perdices, y ordenó que le diesen de beber.
El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al Rey productos de caza de su amo. Un día supo que el Rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:
-Sí queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna está hecha: no tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que os mostraré, y en seguida yo haré lo demás.
El Marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el Rey pasó por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:
-¡Socorro, socorro! ¡El señor Marqués de Carabás se está ahogando!
Al oír el grito, el Rey asomó la cabeza por la portezuela y, reconociendo al gato que tantas veces le había llevado caza, ordenó a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al Marqués de Carabás. En tanto que sacaban del río al pobre Marqués, el gato se acercó a la carroza y le dijo al Rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones se habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.
El Rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras para el señor Marqués de Carabás. El Rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del Rey lo encontró muy de su agrado; bastó que el Marqués de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas, y ella quedó locamente enamorada.
El Rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelantó, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:
-Buenos segadores, si no decís al Rey que el prado que estáis segando es del Marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
Por cierto que el Rey preguntó a los segadores de quién era ese prado que estaban segando.
-Es del señor Marqués de Carabás -dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.
-Tenéis aquí una hermosa heredad -dijo el Rey al Marqués de Carabás.
-Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año.
El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:
-Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecen al Marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
El Rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían los campos que veía.
-Son del señor Marqués de Carabás, contestaron los campesinos, y el Rey nuevamente se alegró con el Marqués.
El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba; y el Rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor Marqués de Carabás.
El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.
El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era este ogro y de lo que sabía hacer, pidió hablar con él, diciendo que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma más cortés que puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar.
-Me han asegurado -dijo el gato- que vos tenías el don de convertiros en cualquier clase de animal; que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.
-Es cierto -respondió el ogro con brusquedad- y para demostrarlo veréis cómo me convierto en león.
El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.
Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.
-Además me han asegurado -dijo el gato- pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del más pequeño animalillo; por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una rata; os confieso que eso me parece imposible.
-¿Imposible? -repuso el ogro- ya veréis-; y al mismo tiempo se transformó en una rata que se puso a correr por el piso.
Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.
Entretanto, el Rey, que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al Rey:
-Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor Marqués de Carabás.
-¡Cómo, señor Marqués -exclamó el rey- este castillo también os pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor.
El Marqués ofreció la mano a la joven Princesa y, siguiendo al Rey que iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una magnífica colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el Rey estaba allí.
El Rey, encantado con las buenas cualidades del señor Marqués de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:
-Sólo dependerá de vos, señor Marqués, que seáis mi yerno.
El Marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia el Rey; y ese mismo día se casó con la Princesa. El gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.
Moraleja
En principio parece ventajoso
contar con un legado sustancioso
recibido en heredad por sucesión;
más los jóvenes, en definitiva
obtienen del talento y la inventiva
más provecho que de la posición.
Otra moraleja
Si puede el hijo de un molinero
en una princesa suscitar sentimientos
tan vecinos a la adoración,
es porque el vestir con esmero,
ser joven, atrayente y atento
no son ajenos a la seducción.
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/fran/perr/gatocon.htm
El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:
-Mis hermanos -decía- podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.
El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:
-No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.
Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones, le había visto dar tantas muestras de agilidad para cazar ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el muerto, que no desesperó de verse socorrido por él en su miseria.
Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas y echándose la bolsa al cuello, sujetó los cordones de ésta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde había muchos conejos. Puso afrecho y hierbas en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando los cordones, lo encerró y lo mató sin misericordia.
Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con él. Lo hicieron subir a los aposentos de Su Majestad donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:
-He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor Marqués de Carabás (era el nombre que inventó para su amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.
-Dile a tu amo, respondió el Rey, que le doy las gracias y que me agrada mucho.
En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco abierto; y cuando en él entraron dos perdices, tiró los cordones y las cazó a ambas. Fue en seguida a ofrendarlas al Rey, tal como había hecho con el conejo de campo. El Rey recibió también con agrado las dos perdices, y ordenó que le diesen de beber.
El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al Rey productos de caza de su amo. Un día supo que el Rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:
-Sí queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna está hecha: no tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que os mostraré, y en seguida yo haré lo demás.
El Marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el Rey pasó por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:
-¡Socorro, socorro! ¡El señor Marqués de Carabás se está ahogando!
Al oír el grito, el Rey asomó la cabeza por la portezuela y, reconociendo al gato que tantas veces le había llevado caza, ordenó a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al Marqués de Carabás. En tanto que sacaban del río al pobre Marqués, el gato se acercó a la carroza y le dijo al Rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones se habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.
El Rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras para el señor Marqués de Carabás. El Rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del Rey lo encontró muy de su agrado; bastó que el Marqués de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas, y ella quedó locamente enamorada.
El Rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelantó, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:
-Buenos segadores, si no decís al Rey que el prado que estáis segando es del Marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
Por cierto que el Rey preguntó a los segadores de quién era ese prado que estaban segando.
-Es del señor Marqués de Carabás -dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.
-Tenéis aquí una hermosa heredad -dijo el Rey al Marqués de Carabás.
-Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año.
El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:
-Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecen al Marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
El Rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían los campos que veía.
-Son del señor Marqués de Carabás, contestaron los campesinos, y el Rey nuevamente se alegró con el Marqués.
El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba; y el Rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor Marqués de Carabás.
El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.
El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era este ogro y de lo que sabía hacer, pidió hablar con él, diciendo que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma más cortés que puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar.
-Me han asegurado -dijo el gato- que vos tenías el don de convertiros en cualquier clase de animal; que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.
-Es cierto -respondió el ogro con brusquedad- y para demostrarlo veréis cómo me convierto en león.
El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.
Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.
-Además me han asegurado -dijo el gato- pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del más pequeño animalillo; por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una rata; os confieso que eso me parece imposible.
-¿Imposible? -repuso el ogro- ya veréis-; y al mismo tiempo se transformó en una rata que se puso a correr por el piso.
Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.
Entretanto, el Rey, que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al Rey:
-Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor Marqués de Carabás.
-¡Cómo, señor Marqués -exclamó el rey- este castillo también os pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor.
El Marqués ofreció la mano a la joven Princesa y, siguiendo al Rey que iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una magnífica colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el Rey estaba allí.
El Rey, encantado con las buenas cualidades del señor Marqués de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:
-Sólo dependerá de vos, señor Marqués, que seáis mi yerno.
El Marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia el Rey; y ese mismo día se casó con la Princesa. El gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.
Moraleja
En principio parece ventajoso
contar con un legado sustancioso
recibido en heredad por sucesión;
más los jóvenes, en definitiva
obtienen del talento y la inventiva
más provecho que de la posición.
Otra moraleja
Si puede el hijo de un molinero
en una princesa suscitar sentimientos
tan vecinos a la adoración,
es porque el vestir con esmero,
ser joven, atrayente y atento
no son ajenos a la seducción.
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/fran/perr/gatocon.htm
lunes, 22 de marzo de 2010
La historia de los tres sabios.
Yunus empezó a contar:
»Esta historia se desarrolla en un país lejano y trata de tres hombres que eran considerados los más sabios del país. Dos de ellos no se daban por satisfechos con eso. Querían saber cuál de los tres era el más sabio. Así pues, se reunieron bajo un gran árbol en un lugar apartado, en mitad del desierto, para averiguarlo.
»El primero dijo: “Gracias a mi talento y a mis conocimientos, soy capaz de crear un león, tan perfecto y natural, que resulta imposible distinguirlo de un verdadero león”. Y. empleando los más diversos materiales y substancias, empezó a componer la figura de un león, con tanta exactitud que, en efecto, era idéntica a un león verdadero hasta en la última pestaña.
El segundo dijo: “Debo reconocer que tu león es perfecto en todos sus detalles; pero al conjunto le falta algo un hálito de vida. Yo, gracias a mi talento y conocimientos, soy capaz de insuflar vida a esta figura inerte”. Y empezó a hacer los preparativos para cumplir lo dicho.
»Entonces lo interrumpió el tercero y dijo: “¿Habéis pensado en que eso que acabáis de crear y que queréis despertar a la vida es un león?.”
»El primero dijo: “¡Deja que lo intente, no lo conseguirá!”.
»El segundo dijo: “¿Quieres que mi ciencia no dé sus frutos?”.
»El tercero se ató los faldones de la túnica al cinturón y dijo: “Esperad un momento, hasta que haya subido al árbol”.
»Y, así, al final, una fiera salvaje decidió cuál de los tres era el más sabio.
Y este sabio tuvo suerte de que hubiera un árbol en mitad del desierto, quiso añadir Yunus; pero lo dejó estar.
El Puente de Alcántara
Frank Baer
»Esta historia se desarrolla en un país lejano y trata de tres hombres que eran considerados los más sabios del país. Dos de ellos no se daban por satisfechos con eso. Querían saber cuál de los tres era el más sabio. Así pues, se reunieron bajo un gran árbol en un lugar apartado, en mitad del desierto, para averiguarlo.
»El primero dijo: “Gracias a mi talento y a mis conocimientos, soy capaz de crear un león, tan perfecto y natural, que resulta imposible distinguirlo de un verdadero león”. Y. empleando los más diversos materiales y substancias, empezó a componer la figura de un león, con tanta exactitud que, en efecto, era idéntica a un león verdadero hasta en la última pestaña.
El segundo dijo: “Debo reconocer que tu león es perfecto en todos sus detalles; pero al conjunto le falta algo un hálito de vida. Yo, gracias a mi talento y conocimientos, soy capaz de insuflar vida a esta figura inerte”. Y empezó a hacer los preparativos para cumplir lo dicho.
»Entonces lo interrumpió el tercero y dijo: “¿Habéis pensado en que eso que acabáis de crear y que queréis despertar a la vida es un león?.”
»El primero dijo: “¡Deja que lo intente, no lo conseguirá!”.
»El segundo dijo: “¿Quieres que mi ciencia no dé sus frutos?”.
»El tercero se ató los faldones de la túnica al cinturón y dijo: “Esperad un momento, hasta que haya subido al árbol”.
»Y, así, al final, una fiera salvaje decidió cuál de los tres era el más sabio.
Y este sabio tuvo suerte de que hubiera un árbol en mitad del desierto, quiso añadir Yunus; pero lo dejó estar.
El Puente de Alcántara
Frank Baer
domingo, 21 de febrero de 2010
domingo, 14 de febrero de 2010
«De la Felicidad» de José Fernández Guerra. Granada, domingo 28 de abril de 1839.
“Grandes y sublimes lecciones hemos recibido desde Job hasta nuestros días sobre la miseria de la condición humana. Salomón, después de haber experimentado cuantas prosperidades son concebibles, viene a deducir que todo es vanidad y mentira: Risum reputavi errorem, et gaudio dixi: quid frustra deciperis? Píndaro llama a la vida del hombre el sueño de una sombra; y por otra parte Shakspeare ha dicho: «la felicidad consiste en no haber nacido.»
Si entrásemos en una prolija enumeración de los testimonios de lo pasado, veríamos de acuerdo a todos los filósofos y poetas sobre que, examinándolo bien, la felicidad no es más que una quimera, y (si vale hablar así) un mirage o ilusión moral que extraviará siempre a los que piensen hallar realidad en lo que representa. Entro los filósofos el mismo Epicuro defendía que nuestras mayores satisfacciones tienen su asiento en la memoria, y que dependen únicamente del recuerdo de las cosas pasadas. En cuanto a los poetas, los más felices en la apariencia, los más entusiastas de la mansión terrestre, en medio de su alegría prorrumpen en acentos de dolor que descubren el secreto de su alma. Anacreón conceptúa a la cigarra más feliz que al hombre. Horacio comienza sus sátiras por echar en cara a los hombres que ninguno está contento con su suerte.
Ninguno es feliz, según él; pujes si por una parte el vulgo se labra inevitablemente su desgracia, por otra el sabio está condenado a no poder apartar su vista de la fragilidad de todas las cosas, y a saborear, por decirlo así, la muerte, para aprender a tolerar la vida y a gustar de ella.
Los modernos no han podido menos de coincidir con los antiguos en que la felicidad no es más que una idea imaginaria. «Si se da el nombre de felicidad», dice el mismo Voltaire, «a algunos placeres momentáneos esparcidos en la vida, la hay en efecto; mas si por ella se entiende otra cosa, la felicidad no se ha hecho para este globo: buscadla en otra parte…» «Confiesa», añade, «con todo el linaje humano que hay mal sobre la tierra: confiesa que ningún filósofo ha podido explicar jamás el origen del mal: confiesa que Bayle con toda su dialéctica no ha hecho otra cosa que aprender a dudar, y que se combate a sí propio: confiesa que hay tantas imperfecciones en las luces del hombre como miseria en su vida… La revelación sola puede desatar este gran nudo que los filósofos han enredado: solo la esperanza de un desarrollo de nuestro ser en un nuevo orden de cosas, puede consolarnos en las desgracias presentes: la bondad de la Providencia es el único asilo a que puede recurrir el hombre en las tinieblas de su razón y en las calamidades de su naturaleza débil y mortal.»
Antes de Voltaire, a principios del siglo diez y ocho había Fontenelle hablado sobre la felicidad. Él también, como Bolingbroke y todos los deístas puros, no conoce otra cosa más que la naturaleza y su orden inmutable. Lo presente, he aquí su único horizonte: su filosofía está desnuda de lo puramente ideal: su arte de ser feliz consiste en sacar el partido mejor posible en medio de las innumerables calamidades que nos rodea. «Aprendamos,» dice, [20] «cuan peligroso es ser hombre, y contemos todas las desgracias de que estamos exentos por otros tantos peligros de que hemos escapado.» Establece preliminarmente que sus lecciones sólo pueden convenir a un pequeño número de almas escogidas. Sus lecciones (es menester confesarlo) son lecciones de egoísmo; pero no es esto lo que aquí nos importa. Lo que intentamos probar es que, limitando hasta el punto más mezquino la felicidad, todavía la conceptúa casi imposible y denegada a casi la totalidad del género humano. «El estado,» continúa, «es lo que constituye la felicidad; pero esto es demasiado triste. Una infinidad de hombres se hallan en estados que con razón detestan; y un número casi igual son incapaces de contentarse con ningún estado. Helos aquí pues a casi todos excluidos de la felicidad, y sin quedarles otro recurso que el de los mezquinos placeres, es decir, el que ofrecerles pudieran algunos relámpagos de alegría sobre un fondo de continua amargura. Los hombres sin embargo en estos fugaces momentos se rehacen para sufrir. El que quisiere fijar su estado, no por miedo de estar peor, sino porque se hallase en él gustoso, merecería ciertamente el nombre de feliz: su inmovilidad haría su ventura. Pero semejante hombre no se ha dejado ver en ningún lugar de la tierra.»
Si un filósofo tan árido como Fontenelle juzga tan difícil la felicidad, y tan problemática su existencia, ¿deberán sorprendernos los gritos de desesperación que hombres más apasionados que él y menos afortunados dotados para la felicidad negativa con que él se contentaba, han lanzado en estos siglos últimos, desde que apartaron sus ojos del cristianismo que les señalaba el porvenir en el cielo? ¿Será extraño que, en un tiempo en que la impiedad ha disminuido la creencia consoladora de la felicidad eterna, y cuando son tantos los que se encuentran sin esperanza de otra vida, en esta tierra en que tan difícilmente germina la felicidad, hayan resonado todas esas lamentaciones en nuestro oído como cantos del infierno? Los dolores que Byron y tantos otros nos han revelado, estaban implícitamente contenidos en la confesión de Fontenelle y de Voltaire. Era evidente que, siendo tan triste la realidad, y habiéndonos dejado la naturaleza a merced de tantos males, una vez que no creyésemos más que en la realidad presente y en la naturaleza, tocaríamos el extremo de la desesperación.
Confesemos francamente que la felicidad nos es denegada en nuestra vida actual. ¿Y podríamos hallarla en esta vida, y, como se dice, sobre esta tierra en que habita con nosotros el dolor y la muerte? Siendo perecedero todo cuanto amamos, por nuestro amor nos vemos expuestos a sufrir continuamente. Sería pues necesario no amar nada para no sufrir. Pero no amar nada es la muerte de nuestra alma, la muerte más espantosa, la verdadera muerte. Se pues que salgamos de nosotros mismos para adherirnos a algún objeto exterior, sea que nos desprensamos de todos los objetos que el mundo nos ofrece para excitar nuestro amor, estamos ciertos de sufrir. Pero no solamente sufrimos por que todos los objetos del mundo son mudables y perecederos: sufrimos porque ellos son tan miserablemente imperfectos que no podrían satisfacer nuestra sed de felicidad. Y no es su fragilidad sola y su imperfección las que causan nuestro martirio: el mismo gusano que los devora, nos devora a nosotros: sufrimos porque nosotros mismos somos horriblemente imperfectos, porque todo en nosotros es instable y perecedero. Las olas de nuestras pasiones en el momento en que nos sostienen y elevan se desvanecen, y, después de despedazarnos, nos abandonan sobre los escollos. El alma, cuando consigue la ventura que con más ardor ha deseado, se melancoliza y aún llena de horror al tocar su insuficiencia. Nuestro corazón es semejante al tonel de las Danaides, que nada podía llenarle.
En nosotros, en torno nuestro, todo es combate, todo es lucha. Si consideramos el mundo, todo en él lo vemos en guerra: las especies se devoran, los elementos luchan entre sí, la sociedad humana es por muchos conceptos una guerra y una lucha continua. ¡Cuántos filósofos han hallado que el más cruel enemigo del hombre es el hombre mismo! homo homini lupus.
El mundo que habitamos no es formado más que de ruinas, y sin destruir no podemos dar en él un solo paso. Conceptuémosle en el tiempo o en el espacio, bajo ambas dimensiones es un conjunto de mal, de destrucción y de carnicería, tan bien tejido y tan completo como aquel cuadro de Salvátor en que todo mata y es muerto a un tiempo mismo, en que hombres, caballos, y hasta un ave que vuela sobre el campo de batalla (que situó en una barranca profunda), todo es herido, todo muere bajo un cielo pálido, mientras que el sol se apaga tristemente en el horizonte. Admirable cuadro, sublime expresión de la melancolía que el mal moral y el mal físico, derramados en el mundo, pueden lanzar en nuestra alma.
San Pablo, el gran teólogo, el gran filósofo, ha resumido en una palabra este dolor universal de la naturaleza cuando dijo: omnis creatura ingemiscit.
La teología cristiana no es la única que ha justificado este gemido de toda criatura. Todas las antiguas religiones han tenido fábulas mitológicas para expresar esta idea; y acabamos de ver que los siglos llamados de luces y de filosofía, los siglos de incredulidad y de romanticismo, dan igualmente testimonio de lo vana y fútil que es en la tierra la palabra felicidad. Parecía que el desprecio que hacen del cielo los incrédulos, debiera haber cedido en provecho de la felicidad terrestre. Para destronar las antiguas religiones era necesario exaltar la materialidad a expensas del espiritualismo: puesto que no se poseía más que la tierra, era preciso gozar de la tierra: no creyéndose más que en lo presente, claro es que se debía aprovecharlo. Aquellos hombres, en la persuasión de que es un hallazgo la vida, según el sabio Fontenelle, debieron recibirle gustosos, y no ser muy exigentes con respecto a la naturaleza, aquella madre ciega que en su sentir reemplazaba a la Providencia. Por esta razón procuraron presentar lo menos posible el flanco a la fortuna: concentraron su atención y reunieron toda su prudencia sobre sí mismos: hicieron consistir el esfuerzo del talento en ser egoístas con arte (a esto se daba el nombre de sabiduría, de razón, de filosofía); y al cabo se vieron forzados a confesar que la dicha no se había hecho para el hombre”.
Si entrásemos en una prolija enumeración de los testimonios de lo pasado, veríamos de acuerdo a todos los filósofos y poetas sobre que, examinándolo bien, la felicidad no es más que una quimera, y (si vale hablar así) un mirage o ilusión moral que extraviará siempre a los que piensen hallar realidad en lo que representa. Entro los filósofos el mismo Epicuro defendía que nuestras mayores satisfacciones tienen su asiento en la memoria, y que dependen únicamente del recuerdo de las cosas pasadas. En cuanto a los poetas, los más felices en la apariencia, los más entusiastas de la mansión terrestre, en medio de su alegría prorrumpen en acentos de dolor que descubren el secreto de su alma. Anacreón conceptúa a la cigarra más feliz que al hombre. Horacio comienza sus sátiras por echar en cara a los hombres que ninguno está contento con su suerte.
Ninguno es feliz, según él; pujes si por una parte el vulgo se labra inevitablemente su desgracia, por otra el sabio está condenado a no poder apartar su vista de la fragilidad de todas las cosas, y a saborear, por decirlo así, la muerte, para aprender a tolerar la vida y a gustar de ella.
Los modernos no han podido menos de coincidir con los antiguos en que la felicidad no es más que una idea imaginaria. «Si se da el nombre de felicidad», dice el mismo Voltaire, «a algunos placeres momentáneos esparcidos en la vida, la hay en efecto; mas si por ella se entiende otra cosa, la felicidad no se ha hecho para este globo: buscadla en otra parte…» «Confiesa», añade, «con todo el linaje humano que hay mal sobre la tierra: confiesa que ningún filósofo ha podido explicar jamás el origen del mal: confiesa que Bayle con toda su dialéctica no ha hecho otra cosa que aprender a dudar, y que se combate a sí propio: confiesa que hay tantas imperfecciones en las luces del hombre como miseria en su vida… La revelación sola puede desatar este gran nudo que los filósofos han enredado: solo la esperanza de un desarrollo de nuestro ser en un nuevo orden de cosas, puede consolarnos en las desgracias presentes: la bondad de la Providencia es el único asilo a que puede recurrir el hombre en las tinieblas de su razón y en las calamidades de su naturaleza débil y mortal.»
Antes de Voltaire, a principios del siglo diez y ocho había Fontenelle hablado sobre la felicidad. Él también, como Bolingbroke y todos los deístas puros, no conoce otra cosa más que la naturaleza y su orden inmutable. Lo presente, he aquí su único horizonte: su filosofía está desnuda de lo puramente ideal: su arte de ser feliz consiste en sacar el partido mejor posible en medio de las innumerables calamidades que nos rodea. «Aprendamos,» dice, [20] «cuan peligroso es ser hombre, y contemos todas las desgracias de que estamos exentos por otros tantos peligros de que hemos escapado.» Establece preliminarmente que sus lecciones sólo pueden convenir a un pequeño número de almas escogidas. Sus lecciones (es menester confesarlo) son lecciones de egoísmo; pero no es esto lo que aquí nos importa. Lo que intentamos probar es que, limitando hasta el punto más mezquino la felicidad, todavía la conceptúa casi imposible y denegada a casi la totalidad del género humano. «El estado,» continúa, «es lo que constituye la felicidad; pero esto es demasiado triste. Una infinidad de hombres se hallan en estados que con razón detestan; y un número casi igual son incapaces de contentarse con ningún estado. Helos aquí pues a casi todos excluidos de la felicidad, y sin quedarles otro recurso que el de los mezquinos placeres, es decir, el que ofrecerles pudieran algunos relámpagos de alegría sobre un fondo de continua amargura. Los hombres sin embargo en estos fugaces momentos se rehacen para sufrir. El que quisiere fijar su estado, no por miedo de estar peor, sino porque se hallase en él gustoso, merecería ciertamente el nombre de feliz: su inmovilidad haría su ventura. Pero semejante hombre no se ha dejado ver en ningún lugar de la tierra.»
Si un filósofo tan árido como Fontenelle juzga tan difícil la felicidad, y tan problemática su existencia, ¿deberán sorprendernos los gritos de desesperación que hombres más apasionados que él y menos afortunados dotados para la felicidad negativa con que él se contentaba, han lanzado en estos siglos últimos, desde que apartaron sus ojos del cristianismo que les señalaba el porvenir en el cielo? ¿Será extraño que, en un tiempo en que la impiedad ha disminuido la creencia consoladora de la felicidad eterna, y cuando son tantos los que se encuentran sin esperanza de otra vida, en esta tierra en que tan difícilmente germina la felicidad, hayan resonado todas esas lamentaciones en nuestro oído como cantos del infierno? Los dolores que Byron y tantos otros nos han revelado, estaban implícitamente contenidos en la confesión de Fontenelle y de Voltaire. Era evidente que, siendo tan triste la realidad, y habiéndonos dejado la naturaleza a merced de tantos males, una vez que no creyésemos más que en la realidad presente y en la naturaleza, tocaríamos el extremo de la desesperación.
Confesemos francamente que la felicidad nos es denegada en nuestra vida actual. ¿Y podríamos hallarla en esta vida, y, como se dice, sobre esta tierra en que habita con nosotros el dolor y la muerte? Siendo perecedero todo cuanto amamos, por nuestro amor nos vemos expuestos a sufrir continuamente. Sería pues necesario no amar nada para no sufrir. Pero no amar nada es la muerte de nuestra alma, la muerte más espantosa, la verdadera muerte. Se pues que salgamos de nosotros mismos para adherirnos a algún objeto exterior, sea que nos desprensamos de todos los objetos que el mundo nos ofrece para excitar nuestro amor, estamos ciertos de sufrir. Pero no solamente sufrimos por que todos los objetos del mundo son mudables y perecederos: sufrimos porque ellos son tan miserablemente imperfectos que no podrían satisfacer nuestra sed de felicidad. Y no es su fragilidad sola y su imperfección las que causan nuestro martirio: el mismo gusano que los devora, nos devora a nosotros: sufrimos porque nosotros mismos somos horriblemente imperfectos, porque todo en nosotros es instable y perecedero. Las olas de nuestras pasiones en el momento en que nos sostienen y elevan se desvanecen, y, después de despedazarnos, nos abandonan sobre los escollos. El alma, cuando consigue la ventura que con más ardor ha deseado, se melancoliza y aún llena de horror al tocar su insuficiencia. Nuestro corazón es semejante al tonel de las Danaides, que nada podía llenarle.
En nosotros, en torno nuestro, todo es combate, todo es lucha. Si consideramos el mundo, todo en él lo vemos en guerra: las especies se devoran, los elementos luchan entre sí, la sociedad humana es por muchos conceptos una guerra y una lucha continua. ¡Cuántos filósofos han hallado que el más cruel enemigo del hombre es el hombre mismo! homo homini lupus.
El mundo que habitamos no es formado más que de ruinas, y sin destruir no podemos dar en él un solo paso. Conceptuémosle en el tiempo o en el espacio, bajo ambas dimensiones es un conjunto de mal, de destrucción y de carnicería, tan bien tejido y tan completo como aquel cuadro de Salvátor en que todo mata y es muerto a un tiempo mismo, en que hombres, caballos, y hasta un ave que vuela sobre el campo de batalla (que situó en una barranca profunda), todo es herido, todo muere bajo un cielo pálido, mientras que el sol se apaga tristemente en el horizonte. Admirable cuadro, sublime expresión de la melancolía que el mal moral y el mal físico, derramados en el mundo, pueden lanzar en nuestra alma.
San Pablo, el gran teólogo, el gran filósofo, ha resumido en una palabra este dolor universal de la naturaleza cuando dijo: omnis creatura ingemiscit.
La teología cristiana no es la única que ha justificado este gemido de toda criatura. Todas las antiguas religiones han tenido fábulas mitológicas para expresar esta idea; y acabamos de ver que los siglos llamados de luces y de filosofía, los siglos de incredulidad y de romanticismo, dan igualmente testimonio de lo vana y fútil que es en la tierra la palabra felicidad. Parecía que el desprecio que hacen del cielo los incrédulos, debiera haber cedido en provecho de la felicidad terrestre. Para destronar las antiguas religiones era necesario exaltar la materialidad a expensas del espiritualismo: puesto que no se poseía más que la tierra, era preciso gozar de la tierra: no creyéndose más que en lo presente, claro es que se debía aprovecharlo. Aquellos hombres, en la persuasión de que es un hallazgo la vida, según el sabio Fontenelle, debieron recibirle gustosos, y no ser muy exigentes con respecto a la naturaleza, aquella madre ciega que en su sentir reemplazaba a la Providencia. Por esta razón procuraron presentar lo menos posible el flanco a la fortuna: concentraron su atención y reunieron toda su prudencia sobre sí mismos: hicieron consistir el esfuerzo del talento en ser egoístas con arte (a esto se daba el nombre de sabiduría, de razón, de filosofía); y al cabo se vieron forzados a confesar que la dicha no se había hecho para el hombre”.
martes, 2 de febrero de 2010
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